Sentimientos indelebles


(1)

Hacía frío en las colinas del Líbano. Jorge y el grupo de soldados que comandaba estaban sentados alrededor de una fogata. Antes de salir a patrullar charlaban y bebían café. Hablaban de sus novias, de proyectos futuros y hacían bromas con una dosis de fingida indolencia, que ocultaba la tensión en que vivían.

Era casi medianoche cuando les trajeron los tres vehículos. Jorge subió a la tanqueta que encabezaba la caravana y partieron de inmediato. Avanzaban en silencio atentos a cualquier movimiento sospechoso. La luna plateaba las colinas circundantes acentuando la belleza del lugar, que semejaba una postal navideña.

Mientras observaba con sus binoculares infrarrojos, le pareció ver a cincuenta metros más adelante, unas sombras agazapadas entre los matorrales y por la radio hizo detener la marcha de la patrulla. Ordenó al soldado que guiaba su tanqueta, que siguiera adelantando con precaución, y las armas preparadas. Sólo avanzaron unos diez metros, cuando en ese preciso instante hizo explosión una poderosa carga a la vera del camino. El vehículo saltó por los aires y volcó, atrapando a Jorge entre sus restos. Sintió un terrible dolor cuando el acero le atravesó la pierna y el brazo y perdió el conocimiento. Los soldados de los otros vehículos dispararon hacia las sombras y corrieron a auxiliarlos, mientras por la radio comunicaban al campamento lo ocurrido. Cuando llegaron las ambulancias, constataron que el chófer había muerto y que Jorge y otro soldado estaban heridos de gravedad. Un helicóptero de la base, los trasladó con urgencia hacia  Israel hasta el Hospital Rambam de la ciudad de Haifa.

(2)

Transcurrieron dos semanas, antes de que a Judith la autorizaran a visitarlo Ya le habían anticipado que tuvieron que amputarle el brazo y parte de la pierna derecha. (por debajo de la rodilla) Durante el trayecto en ómnibus, ella evocaba cómo había conocido a Jorge…

En el club de tenis las chicas buscaban jugar con él porque era buen mozo, divertido y nunca protestaba por los errores de sus compañeros. Una tarde cuando Judith jugaba en pareja con él, les ganaron a sus rivales y Jorge la invitó a celebrar el triunfo en la cafetería. Estuvieron charlando animadamente un par de horas. Al día siguiente recibió un ramo de rosas rojas con una invitación para cenar esa misma noche. Estaba sorprendida y encantada. La llamó por teléfono para preguntarle si aceptaba la invitación. Por supuesto que la respuesta fue afirmativa, recordó con una sonrisa.

Hacía un año que vivían juntos y habían hecho planes para su boda en el verano siguiente.

(3)

En la recepción del hospital le indicaron el número de la habitación. Subió al segundo piso y se detuvo unos instantes en la puerta. ¿Cómo sería su reacción al verla?  Se había maquillado y usaba el perfume que a él le agradaba.  Abrió con una sonrisa, pero al entrar, lo vio tan abatido y triste que la emoción la traicionó y estalló en un llanto incontenible. Comenzó a besarlo repetidamente, bañándole el rostro con sus lágrimas.

–Gracias a Dios Jorge que volvemos a estar juntos, te amo por sobre todas las cosas y lo ocurrido no cambia mis sentimientos –dijo sonriéndole con ternura.

Pero él seguía serio, no respondía a sus besos y le dijo con voz entrecortada:

–Por favor Judith, escúchame con atención. En estos días, tuve mucho tiempo para pensar en nosotros y llegué a la conclusión de que debemos separarnos.

La sonrisa se borró del rostro de ella y preguntó:

–¿Por qué decís eso? Nos amamos sinceramente y nuestros planes para casarnos no cambiaron para mí. Es una de las ilusiones que anhela toda mujer. Espero con ansias ese momento.

–No permitiré que pierdas tu vida junto a un inválido. Una muchacha como vos no se lo merece –respondió él con voz alterada. Hoy te inspiro lástima, pero mañana podrías estar arrepentida de sentirte atada a mí. Sería frustrante y doloroso.

– No concuerdo con tu intención de romper lo nuestro. Yo deseo casarme con vos porque te amo, –respondió ella mirándole a los ojos.

–¿No te das cuenta que no puedo permitir tu sacrificio? –dijo elevando la voz con tristeza y casi sollozando –estarías casada con medio hombre por el resto de tu vida. No quiero arruinar tu futuro.

–¿A qué sacrificio te referís? –reaccionó ella exasperada, con súbito enojo. -No pienso casarme con una pierna o un brazo, sino con el hombre que amo y con quien quiero vivir, tener hijos y ser feliz, porque sé que también tu amor es sincero. De manera que terminá con tus escrúpulos, porque tu estado físico no cambiará mis sentimientos –terminó diciendo casi a los gritos.

Luego de ese desahogo, se abrazó fuerte a su cabeza, para no lastimarlo en el cuerpo dolorido y siguió besándolo entre lágrimas…

Pasaron varios minutos y él mantenía su mutismo.

De pronto, cuando notó que con el brazo izquierdo Jorge le acariciaba la espalda y respondía a sus besos con ternura, su alegría no tuvo límites. Ambos sollozaban emocionados, unidos en un estrecho abrazo.

-¡Oh!…Gracias… gracias Adonai, que me has devuelto a mi hombre –susurró ella en voz baja  llorando de felicidad…

(4)

A la salida del templo, luego de la ceremonia religiosa, caminaban lentamente bajo una lluvia de arroz y pétalos de flores. Ella sonreía feliz a sus compañeras de oficina que fueron a abrazarla y felicitarla. Él se apoyaba en su esposa, para contrarrestar las molestias que le causaban las prótesis, a las que todavía no se había acostumbrado. En la acera, vio entonces a “sus” soldados. Al pasar frente a ellos, todos adoptaron la posición de firmes saludando militarmente… La emoción casi lo traiciona…Con los ojos humedecidos les devolvió el saludo… Sus muchachos rompieron filas, lo rodearon sonrientes para felicitarlo, le hicieron bromas y lo palmearon cariñosamente. Era evidente la devoción que sentían por él.

Jorge los abrazó conmovido y apoyado en su esposa, se dirigió a paso lento hacia el automóvil que les aguardaba, para iniciar la luna de miel…

                                                                                                  

Moshe Goldin

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