Sorpresa de cumpleaños


Eran cuatro hermanos. Sofía, la mayor que vivía en un kibutz del Neguev había quedado inválida y viuda, en un accidente de tránsito ocurrido cinco años atrás. Raquel la menor, tuvo la idea de prepararle una sorpresa de cumpleaños y pensó reunir en su casa a los cuatro; a José que vivía en Londres y a Rubén que residía en Roma.

***

Sofía estaba leyendo el periódico, cuando la interrumpió el timbre del teléfono.

–Haló ¿quién habla?

–Buen día Sofía, soy Raquel, ante todo feliz cumpleaños y que disfrutes muchos más junto a todos los que te queremos. ¿Cómo te sentís?

–Gracias por tus buenos deseos y me encuentro muy bien, hermanita. Que alegría escucharte, ¿Ya se mudaron? ¿Es cómoda la nueva vivienda?

–Sí, ya estamos instalados en Natania. El departamento es precioso y como te conté la semana pasada tiene vista al mar. Es preciosa la panorámica. Te llamaba para invitarte a conocerlo. ¿Por qué no venís el domingo próximo? Podríamos celebrar juntas tu cumpleaños en algún restaurante de la peatonal.

–Oh…me parece una excelente idea y acepto encantada. Tengo que consultar en el kibutz, quién viaja ese día hacia el norte para que me lleve. Pero casi seguro que será por la tarde.

–De acuerdo, cenaremos juntas, te quedarás a dormir con nosotros y al día siguiente te llevaremos de regreso al kibutz ¿te parece bien?

–Perfecto, ya lo estoy disfrutando –respondió riendo.

-¿Que trabajo nuevo estás realizando allí?

-En silla de ruedas no es mucho, pero sigo distribuyendo como hasta ahora, la correspondencia en las casillas que cada familia tiene y ahora pedí que después de la cena me permitan rellenar los saleros, los pimenteros y colocar las servilletas en cada mesa del comedor. Este trabajo lo hacía un veterano que tenía casi noventa años. Falleció hace unos días y me ofrecí para reemplazarlo.

–Te felicito por ser tan activa a pesar de tus inconvenientes, por eso te aprecian todos.

-Me quieren de verdad y es mi satisfacción. Les llevaré una bolsa de maníes cuando vaya. Tuvimos una cosecha excelente y repartieron a cada familia una bolsa grande.

-Tocaron timbre, debe ser el que viene a instalar el aire acondicionado. Te mando un beso, chau

***.

Luego de esta conversación, Raquel que había planeado con ellos la sorpresa, llamó a Londres y le confirmó a su hermano José la visita de Sofía el próximo domingo. Se reunirían todos en su nueva casa. Muy pocas veces los cuatro habían estado juntos para el cumpleaños de la hermana mayor. Para ella sería una alegría inolvidable y el mejor regalo que le podrían hacer. Ya había hablado con Rubén y él estaba de acuerdo en viajar. Llegaría el domingo a las 10.30 hs. y José podría tomar el avión que llegaba a Tel Aviv a las 11.30 hs.

Los esperarían en el aeropuerto. Su hermano aceptó entusiasmado la proposición.

***

El domingo por la mañana, Raquel y su esposo Jorge viajaron hacia el aeropuerto para recibir a los viajeros. En ese mismo instante, a bordo del avión su hermano miró el reloj y quedó satisfecho, llegaría puntual. Se arrellanó en la butaca y abrió el periódico.

El aparato de Alitalia aterrizó en el aeropuerto Ben Gurión. Luego de retirar el equipaje, Rubén se encontró con su hermana y su cuñado. Se abrazaron emocionados y fueron a la cafetería para conversar tranquilos mientras esperaban el vuelo de Londres.

–¿Preparada la sorpresa? –preguntó el recién llegado.

–Sí, todo en orden –respondió Raquel– Sofía no sabe nada de este encuentro, será una alegría inesperada para ella.

–¿Cómo sigue?

–Bien, en el kibutz la quieren mucho porque es activa, trabaja y además… el llamado del teléfono celular interrumpió la plática.

–Haló, ¿quién es?

–Te habla José. Hubo una demora, pero ya estamos en vuelo. Llegaré dentro de dos horas.

–No importa, te esperaremos, estamos aquí con Rubén. Tenemos muchas novedades que contarnos.

***

Llegó el avión de British Airways y el reencuentro de los tres hermanos resultó emocionante. Besos, abrazos, sonrisas y más besos. En el trayecto a Natania, mientras guiaba Raquel, todos conversaban animadamente.

–Pensé que llegaría más temprano –recordó José de pronto –y tendría la oportunidad de comprar algún obsequio para Sofía ¿Tenemos tiempo?

–Sí, a la entrada de la ciudad hay un centro comercial muy grande. Haremos una parada allí y Jorge volverá a casa con el coche, por las dudas de que Sofía llegue más temprano. Nosotros regresaremos en taxi. Todavía disponemos de un par de horas antes de la reunión.

***

Entraron a la galería y recorrieron varios negocios. Compraron perfumes, blusas, bombones  y adornos para la casa nueva de Raquel. Vagando por los diferentes pisos, decidieron hacer una pausa en la confitería. Era temprano y prosiguieron charlando…

–Se nos fue el tiempo sin darnos cuenta. Ya son casi las seis –dijo Raquel mirando su reloj– vayamos hasta la parada de los  taxis.

Se dirigieron a la salida, mientras seguían hablando. Ya estaban casi en la puerta cuando un joven de tez cetrina se les cruzó y tropezó con ellos. Parecía borracho o drogado. Llevaba un bolso apretado contra su pecho. A Raquel se le encendió una señal de alarma en la mente, lo siguió con la mirada y alertó a uno de los guardias sobre ese sospechoso. El policía comenzó a correr tras él pero antes de alcanzarlo, una terrible explosión sacudió todo el edificio. Los cristales de las vidrieras eran filosos proyectiles que se clavaban en todas las personas. La onda expansiva arrojó al piso a los tres hermanos. Del cielorraso se desprendían grandes trozos de mampostería que caían sobre los presentes.

Gritos agudos de dolor y llantos de mujeres y niños producían una cacofonía infernal. Había cuerpos con heridas sangrantes por doquier. La confusión era indescriptible.

Transcurrieron pocos minutos y el ulular de las sirenas de ambulancias y coches de bomberos superaba en decibeles a cualquier otro sonido. La policía acordonó la zona y no permitió que los curiosos se acercaran. Las ambulancias iban y venían, con su carga de muertos y heridos.

***

 El compañero del kibutz que la trajo, bajó del coche la silla de ruedas y la acompañó hasta el ascensor.

-No hace falta que subas. Gracias por tus molestias Eliahu. Eres un buen amigo.

-Por nada, que disfrutes la visita –dijo antes de retirarse.

Sofía llegó al departamento de su hermana donde la esperaba su cuñado. Se abrazaron y preguntó por Raquel.

–Estará por regresar, salió de compras.

–Por el camino, al escuchar la radio nos enteramos del atentado ¿Se sabe algo más? –preguntó la recién llegada.

–No sé nada –respondió él– estaba leyendo un libro mientras te esperaba. No miraba la televisión ni escuché la radio ¿Dónde fue? –preguntó curioso.

–En el Shoping grande de la entrada a Natania. Hay doce muertos y más de ochenta heridos, pero todavía hay gente bajo los escombros y los bomberos están trabajando a todo ritmo para rescatarlos.

El dueño de casa palideció y un escalofrío recorrió su espina dorsal. No sabía que decir, quedó boquiabierto por la inesperada noticia, y la preocupación se reflejó en su rostro.

–¿Qué te pasa, Jorge? –indagó ella al observar el cambio– Estás muy pálido.

Dudaba en contarle sobre la llegada de sus hermanos, pero los hechos eran tan graves que le reveló: –Te teníamos reservada una gran sorpresa –le confesó tartamudeando– José y Rubén vinieron desde Europa para que los cuatro estuvieran juntos en tu cumpleaños –con un nudo en la garganta prosiguió– Precisamente fueron allí a comprar regalos.

Sofía comenzó a temblar, se tomó la cabeza con las manos y estalló en un llanto histérico y desesperado. Los colores desaparecieron de su rostro, sus dedos aferraban la silla de ruedas y en un segundo, cruzaron por su mente mil escenas dantescas. La invadió el pánico ante la incertidumbre de la suerte corrida por sus hermanos.

–¡Oh, Dios mío! ¡Que terrible! Me siento culpable –alcanzó a decir mientras seguía llorando.

–Vayamos allí – dijo de pronto Jorge muy inquieto– no puedo soportar estar de brazos cruzados.

 Sofía y el atribulado esposo de Raquel se dirigieron con  el coche a la zona del desastre…

La escena era espeluznante. Gente que corría llamando familiares a los gritos, luces intermitentes de los coches policiales, de las ambulancias y los camiones de los bomberos. La multitud agolpada contra la barrera policial, miraba angustiada e impotente la catástrofe, tratando de reconocer a sus parientes Todos los ventanales exteriores estaban destrozados y la pared lateral se desplomó por la fuerza de la explosión, dejando a la vista un cuadro apocalíptico. Víctimas heridas emitiendo ayes de dolor entre los escombros y los cuerpos inertes sobre el pavimento manchado de sangre. Bomberos, médicos y policías estaban atareados prestando auxilio a los heridos y extrayendo afanosos otros cuerpos de entre las ruinas. Los trasladaban a las ambulancias que se alejaban  haciendo sonar sus estridentes sirenas. La confusión era inenarrable y las órdenes y los gritos se sumaban a los llantos de los presentes.

-¿A cual hospital llevan a los heridos? –Interrogaron a un oficial que pasaba.

-Las víctimas son tantas que están trasladando a los heridos, también a los hospitales de Kfar Sabá y Hedera –respondió el uniformado y se alejó corriendo

 Sofía y Jorge se miraron impotentes con el rostro demudado Lloraban sin saber qué actitud adoptar.

–Sofía, aquí no sabremos nada por la confusión que hay, iremos a los hospitales para tratar de ubicarlos.

–Sí, tenés razón –aceptó ella- vayamos ahora, quizá tengamos suerte en ubicarlos.

Salieron ansiosos hacia los nosocomios. Deambularon por varios sin recibir respuestas por la desorganización del momento. Muchos de los heridos estaban siendo atendidos en los quirófanos y se desconocía sus identidades.

-Mejor volvamos a casa Sofía, mañana será más fácil hallarlos habrá menos confusión, dispondrán  de informes precisos y sabremos dónde encontrarlos.

-¡Oh! ¡Dios mío! Haz que estén bien, por favor. No recargues mi conciencia con más culpas. Ya he sufrido demasiado en esta vida  –comenzó a orar ella con la mirada a lo alto, mientras las lágrimas bañaban su rostro…

***

Al día siguiente pudieron averiguar en las líneas telefónicas abiertas al público, por el Ministerio de Salud, que los tres hermanos habían sido trasladados al Hospital Meir de la vecina ciudad de Kfar Sabá. Se dirigieron allí con aprehensión. Estaban internados en las salas de traumatología. Habían recibido fuertes golpes en la cabeza al desplomarse el techo y tenían las piernas quebradas. Estaban sin conocimiento, repitieron las visitas diariamente e interrogaban a los facultativos. Su respuesta cotidiana era que su estado era estable, aguardaban que recobren el conocimiento para evaluar algún posible daño cerebral.

La semana siguiente, recibieron la feliz noticia de que su recuperación era positiva pues volvieron en sí, los exámenes y análisis,  confirmaron que no tenían traumatismos cranianos.

***

Un mes más tarde, los vecinos del edificio observaban curiosos una escena surrealista que se desarrollaba en el balcón de los Toledano.

Cuatro personas sentadas en silla de ruedas, tres de ellas con múltiples vendajes, yesos y cabestrillos, brindaban jubilosos mientras entregaban regalos a su hermana Sofía que reía y lloraba de felicidad. Entretanto el dueño de casa, único que se podía desplazar sin dificultad, se afanaba sonriente en servir manjares y bebidas a tan extraños comensales.

Moshé Goldin

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