Un medico de familia y mi madre


La República se estableció el 14 de abril de 1931. Mi madre aún no había cumplido los diez años. Poco tiempo antes, jugando con una amiguita en el colegio, fruto de un encontronazo, recibió un golpe en el pecho y cayó al suelo desmayada. Cuando se repuso, volvió a casa y desde entonces empezó a quejarse del pezón del pecho y de la espalda. Los padres la mandaron al hospital de Valencia, donde la tía Milagros, superiora del hospicio del hospital, y los médicos la atendieron. Apenas restablecida, y antes de que volviera a Cocentaina su tía monja, hizo que tomara la primera comunión. Volviendo de hacerse la foto conmemorativa, observó las calles alborotadas. La gente corría despavorida, se oían tiros y la niña se asustó. De vuelta a casa, su apetito disminuyó. Estaba triste, retraída. Los esfuerzos de los padres, llevándola al campo y de excursión para abrirle el apetito, no sirvieron de nada. “Mi padre trabajaba toda la semana en Papeleras Reunidas y los domingos me llevaba de excursión, por eso he subido al Montcabrer varias veces y al bajar nos comíamos el bocadillo en la Font de la Borona” – me contaba mi madre.
Acurrucada en el portal de la casa ni siquiera jugaba. Justamente el médico de familia don Paco Gozálbez acertó a pasar por allí camino, ida o vuelta, de la casa de algún paciente.
Ya no sé qué hacer con esta niña, no hay forma de hacerla comer dijo mi abuela, saludando al médico. Éste se acercó y mirando a la niña le contestó:
Esta niña tiene mucho por hacer. Tráigala mañana a casa y la miraremos.
A la mañana siguiente se presentaron en casa del médico mi abuela y mi madre. El doctor la puso delante de los rayos X y observó el pecho de la niña.¿Ve usted esa sombra? Pues si le llega al corazón se acabó la niña. Mañana por la mañana pasaremos el “practicante” (enfermero) y yo por su casa. No la levante.
“Por la mañana llegaron el médico con el “practicante” y entre las costillas me metieron una aguja”. “Si sacamos pus, no hay nada que hacer; si sólo agua y sangre, la salvaremos”, le dijo el médico a mi madre. “Me sacaron casi dos litros de líquido sanguinolento y por eso estoy aquí”. “Le dolerá el costado durante un tiempo, hasta que tenga su menstruación, después todo se normalizará” – dijo el médico.
“Sé poco de ese médico; su mujer se llamaba Rosita, cuando mi maestra se fue a Barcelona, doña Rosita la sustituyó en el aula del colegio. A don Paco, cuando terminó la guerra, lo encerraron por “rojo” y creo que lo fusilaron. Un hombre de bien. Así fue el terror que vivimos al acabar la guerra” – me contó mi madre tristemente. La historia debe un capítulo a muchos médicos de familia y a su inmensa labor en pro de sus enfermos.
(del libro: “Retazos históricos de la posguerra”

Salomé Moltó

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