El topo



Un hombre de talla mediana, delgado, con rostro alargado y un pronunciado estrabismo, atendió mi solicitud para ingresar en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Estábamos a mediados de Septiembre de 1977. Hablaba despacio y con voz débil, parecía tranquilo y reflexivo a la vez. Las cuestiones políticas y sociales que en Francia me inquietaron habían dejado de preocuparme a mi vuelta a España. No obstante, el dictador Franco llevaba casi dos años muerto y yo empezaba a sentirme avergonzada por no participar en el movimiento social que se iba organizando en busca de la Democracia. Tenía la impresión de que las cosas iban a desarrollarse sin mi concurso, a espaldas mías, y sentí a modo de aguijón que yo también estaba obligada a participar. Durante un tiempo estuve observando tanto a los socialistas como a los comunistas y ninguna de las dos alternativas me convencía en sus postulados, ni en sus valores. Finalmente, quizás imbuida por un primo de mi marido, decidí que mi puesto estaba en el movimiento libertario. Consciente de mi decisión y decidida a no consultarlo con mi marido, solicité mi ingreso en la CNT.
Tiempo después, cuando le comenté mi decisión y le confesé que, expresamente, no se lo había consultado, me contesto que “para ser anarquista no se necesita carné”. Nunca supe la razón de su expresión, aunque he pensado muchas veces en sus palabras. Se trata de una reflexión que hoy día sigue enfrentando al movimiento libertario y que permanece en vigor entre los que practican el anarquismo con carné y los que lo practican sin él. Se debate intensa y apasionadamente entre estas posturas que a mí me parecen poco sinceras, pues siempre subyace un deseo de compromiso en unos y una ausencia del mismo en muchos otros. Un “yo hago lo que quiero”, no compromete a nada y puede uno largarse por el foro cuando la situación o el ambiente no le complacen.
En los momentos en que mi agotador trabajo me dejaba algo de tiempo libre, iba al sindicato y charlaba con los viejos compañeros. Mi topo, siempre estaba allí. Era de los mayores, creo que en 1936 tenía unos treinta y dos o treinta y tres años. Me gustaba hablar con todos ellos, principalmente con Amando; en las charlas de todos los días me asombraban su sentido común, su lógica y su compostura ética y formal; tenía la impresión de conocerlo desde siempre. Mi costumbre era la de coger un libro de la biblioteca y dejar otro. Libros devorados durante la semana, con ese eterno ánimo de ir descubriendo otros conceptos, otros enfoques, universos insospechados. Aquellos libros, aquella forma de abordar la vida, los problemas, me sorprendían; los planteamientos eran tan enriquecedores que un chorro de preguntas que oprimían mi mente y mi espíritu, salían precipitadamente; un ansia de saber, que nunca he visto satisfecha, crecía en mí a cada momento. Mi querido topo, como a un niño al que se le da la oportunidad de comunicar lo que sabe, de forma pausada, saboreando cada palabra y cada detalle, me daba mil explicaciones y éstas despertaban otras muchas preguntas que quedaban en suspenso para la semana próxima. Y es que era una niña pobre criada en el franquismo, cuya formación había sido muy pobre, por no decir nula.
Véras, esa cuestión la explica muy bien Kropotkin. ¿Has leído su “Etica”? – No, y ¿quién es ese Kroque qué?
Pedro Kropotkin, un científico y sabio ruso – asentaba con firmeza.
Pues no – repuse, mientras mis ojos se perdían entre nombres rusos, franceses, ingleses, presentes en la ya bastante nutrida biblioteca. ¿Cómo viviendo cinco años en Francia, estudiando su cultura y su lengua no había oído hablar de estos personajes, ni del mundo que a través de sus libros me presentaban?
Recordaba la enseñanza en España en tiempos de Franco y lo deficiente que siempre fue para los hijos de los trabajadores, que, para seguir pagando a un profesor deficiente también, habían de sacrificar muchos de los recursos que cubrían necesidades básicas. Cerca de las ocho venía a buscarlo Mariu, su mujer, y los dos volvían a casa para cenar “el bullidet” (patatas, cebollas y judías verdes hervidas). Esa era su cena desde siempre, por lo menos desde que habían tenido suficientes recursos económicos. Antes, se solían acostar sin cenar. Me sorprendió la parquedad con que vivían. El hervido y un trocito de queso era su cena. Fui varias veces a su casa y me habló de tiempos pasados, sobre todo de la República, de la guerra y de los quince años que tuvo que vivir como un topo, oculto en su propio hogar.
Amando, que así se llamaba, me ayudó muchísimo a reunir la documentación de mi libro “Una nueva economía, socialización y colectividades alcoyanas l936-1939”. Gracias a él muchas puertas se me abrieron y muchas personas aportaron su testimonio y colaboración. Nunca le sorprendí un gesto airado, ni rencor alguno.
Captó mi atención, muy especialmente, cuando, delante de su mujer y de Taino, otro compañero (hermano del miliciano muerto en Cerro Muriano y captado por Capa en una foto que hoy sirve como icono de la guerra civil), se levantó el canal del pantalón hasta donde pudo y me mostró una cicatriz que como una culebra se perdía pierna arriba. Yo estaba saturada de muchas historias y eventos, que todo el mundo me contaba. La muerte del dictador y la incipiente democracia habían despertado el interés por explicar las terribles vivencias de muchos años de represión. Pero de todas estas historias, la de Amando y Mariu ha sido de las más hermosas que jamás he oído.
Íbamos a toda prisa camino de Alicante, ya habíamos bajado el puerto de la Carrasqueta, cuando nos cruzamos con varios coches de falangistas e italianos. No pararon y siguieron en dirección a Alcoy. Nuestro chófer continuó un trecho más y se paró. Si los fasciosos habían llegado hasta allí es que Alicante había sido tomada. Nos entró un gran pánico, apenas podíamos pensar, la sorpresa había sido mayúscula. Pensábamos embarcarnos en el puerto de Alicante, pero habíamos llegado tarde. Unos decidieron entregarse confiando en que, como no tenían las manos manchadas de sangre, nada podían temer. “A lo sumo unos años de cárcel”, pensaron inocentemente. Muchos de los que así pensaron fueron fusilados. Yo decidí volver a casa y luego, de acuerdo con Mariu, me escondí en casa de un compañero no sospechoso, durante un tiempo. Luego cambié de sitio. Durante esos meses registraron dos veces la casa de mi madre, después la mía, y le preguntaron a Mariu por mi paradero. Respondía que me había ido hacia Alicante y que nada sabía de mí desde entonces. Algunos compañeros que fueron interrogados también sostenían esa postura, último acuerdo que tomamos antes de huir. Así que sólo mi madre, Mariu y los cuatro compañeros que iban conmigo en el coche sabían de mi vuelta. Poco después, Luisa escondida, Enrique Vañó fusilado ya, el secreto quedaba entre mi madre y Mariu.
En el fondo tuve suerte, porque después de ir de un sitio a otro, una noche me metí en casa y allí permanecí todos estos años con mi mujer y mi madre. Cuando murió mi padre en 1942, tuve que esconderme en el desván para evitar ser descubierto por las visitas que venían a despedir al difunto. Tanto mi mujer como mi madre fingían interesarse por mí y sugerían la posibilidad de que yo remitiera alguna carta desde Francia o Argelia donde ellas aventuraban que debía de estar yo.
Mariu trabajaba en el Bambú (la fábrica de papel de fumar). Las obreras se sentaban alrededor de una larga mesa. Una, con un cierto rintintín, le dijo cuando su estado físico demostraba la evidencia:
Mariu, si no fuera porque sabemos que no tienes a tu marido, se diría que estas preñada.
¿Es que no hay otro hombre en el mundo que el mío?
La respuesta dejó a todo el mundo estupefacto, tal descaro en la respuesta con los tiempos que corrían podía ser fatal. Los dimes y diretes circularon exacerbados. Mariu fue llamada a la dirección de la empresa, donde el gerente, después de sermonearle sobre las cualidades que deben adornar a toda mujer decente y debido al “mal ejemplo” que ella representaba para las compañeras, sobre todo para las más jóvenes, le anunció que quedaba despedida. Así que al terminar la semana abandonaría su trabajo. No resulta fácil imaginar la desesperación que embargó a esta sencilla y magnífica mujer. De su trabajo dependían su marido escondido y su suegra y ahora el nuevo ser que venía. Estabamos en 1940 (1). Mariu daría a luz tres meses después. Al retomar su puesto en la mesa de trabajo, los insistentes ojos de sus compañeras se clavaron en su cuerpo como agujas punzantes; no se atrevió a mirarlas, balbuceó a duras penas un “el sábado acabo, me han echado a la calle”. Se hizo un silencio sepulcral, todas se miraron con espanto, cada una de aquellas mujeres sintió como propia la angustiosa situación. Y, ¡ah milagro!, las mujeres reclamaron, se habló de huelga, mejor dicho de protesta y una de ellas, una heroína de las que quedan anónimas pero que son las que de verdad siempre han salvado lo insalvable, siempre han hecho lo imposible y a propio riesgo, enfrentándose a ser despedida como Mariu, subió a la oficina y pidió hablar con el director. Este no salía de su asombro, nuestra anónima heroína le habló de la difícil situación de Mariu, de que tenía a una suegra que mantener y al nuevo ser que venía, que dónde estaba ese valor cristiano de favorecer al pobre, dar de comer al hambriento, de beber al sediento y demás. Y con voz ya más firme le dijo que todas las mujeres del taller estaban dispuestas a no trabajar si Mariu era despedida. “Todos sabemos que es una pobre desgraciada, quién sabe si no ha tenido que hacer esto para comer. No sería cristiano dejar a esta mujer en la calle”. Hubo sus más y sus menos durante toda la discusión, pero la firmeza de aquellas mujeres que se unieron a la protesta, y a pesar de la fuerte represión, hizo reflexionar al gerente que anuló el despido de Mariu y ésta continuó en su puesto de trabajo.
Con esto creíamos que lo peor había pasado, ya que desde que supimos que estaba embarazada vivíamos con una angustia permanente esperando el momento en que todo el mundo lo supiera. Pero no fue así, lo peor nos vino del lado de mi familia. Cuando mi familia se enteró, hubo sus más y sus menos con mi mujer y mi madre porque “había escogido el peor momento para tener un hijo”. Como mi madre estaba en el secreto les dijo: “¿cómo voy a dejarla ahora, cuando más me necesita? Si es una desgraciada, ¡habrá que ayudarla!”.
Nació la niña. En los primeros meses, la madre la llevaba a casa del hermano de su marido y cuñada, antes de irse a trabajar, y la recogía al anochecer. Mi cuñada la llevaba al taller, para que mi mujer le diera el pecho y posteriormente se quedó a vivir con sus tíos. Cuando Mariu se iba a trabajar cerraba detrás de ella la puerta con llave. Ni siquiera la vecina llegó a sospechar de mi existencia. Siempre llevaba zapatillas o iba descalzo”.
Vivamente sorprendida, recorrí con la mirada toda la casa. Intenté imaginar a este hombre frágil, algo encorvado, recorriendo el piso detrás de la pequeña, cuidándola, en silencio, para que nadie, ni los vecinos supieran de él. Para una niña nacida en la posguerra que tuvo que sufrir el despotismo de un padre alcohólico, la opinión que me merecían los hombres y mujeres de la edad de mis progenitores contrastaba fuertemente con la que me iba formando al contacto con todos estos hombres y mujeres que lucharon conscientemente a favor de la República.
¿Y la niña nunca te descubrió con alguna imprudencia, llamándote papá, por ejemplo?
Jamás, nunca le dije ni mi nombre ni que era su padre. La niña entró en la conspiración de silencio a la que la situación nos obligaba. – Lo peor fue que, cuando la niña ya empezaba a ser mayorcita, con lo que ganaba mi mujer teníamos que vivir los tres y muy poco era lo que le podíamos ofrecer. Aquellos fueron años de hambruna, de represión, de miedo. Al ser los tíos, y debido a la dramática situación en la que nos encontrábamos, mi hermano y su mujer se acercaron más a la niña ofreciéndole todo aquello que su madre no le podía dar. Así fue y no pudimos hacer nada. Yo no existía.
¿Qué sintió aquella madre? ¿Cuál fue la congoja de los dos? Después de largos años de sufrimiento y de forzosa clandestinidad, sorprendía su expresión carente de todo rencor. Era lo que más me impresionaba de aquella noble pareja.
Cualquier persona, sea por el motivo que fuese, cuando permanece encerrada en una estancia, en un hospital, en la cárcel, al cuidado de otra persona, fuera del contacto de la calle durante un cierto tiempo, aunque disfrute de ciertas comodidades y pueda observar el mundo a través de la ventana, cambia su referencia de las cosas, el enfoque que tiene de ubicación y de interrelación de lo que acontece se alteran altamente. ¡Qué no sería durante quince años! Y sin un balcón para observar a los viandantes. El viejo y vetusto apartamento no ofrecía la posibilidad ni de asomarse a un balcón. Algo que de otra parte no hubiera hecho por el gran temor que sentía.
Llovía intensamente, Mariu iba delante de él, a diez o quince metros, con un paraguas, y, con movimientos convenidos, le daba a entender si había o no un posible peligro. Era de noche, llovía, hacía frío, todo el mundo permanecía en su casa alrededor de la mesa camilla, recogiendo el poco calor que una exigua “copa” (pequeño recipiente de carbón de carbonilla puesto en el centro de la mesa redonda o mesa camilla), les proporcionaba.
Se desplazaba despacio, respirando a cada momento el aire frío y las gotas de agua que salpicaban el borde del paraguas, que lo escondían de algún que otro viandante que presuroso iba a refugiarse en su casa. Cada treinta metros solía pararse. Aquello era la calle, aquello la libertad, la lluvia una bendición. Todo aquel ambiente penetraba en su cuerpo y en su alma y le hacían sentir, que por lo menos seguía vivo. Mariu, siempre en cabeza, decidía la duración del recorrido y cuándo era prudente volver a casa. Siempre delante, entraba en el portal la primera, él la secundaba, pero nunca se acercaban. Sigilosamente entraba en la casa, subía las escaleras y entraba en el piso que también se cerraba sigilosamente hasta otro posible y benefactor día de lluvia.
No sé si el dolor, la impotencia, el largo y personal cautiverio, todo convergía hacia mi aniquilamiento. En el primer tiempo dormía sobre el suelo, no había más camas y los flujos de microbios que siempre quedan flotantes a una cierta altura, te los acabas tragando, luego al morir mi madre pude acostarme en una cama. Mariu y yo habíamos decidido prescindir de toda relación íntima que pudiese volver a ponernos en una situación tan desesperada.
Desde que se llevaron a mi hija, día a día aumentaba mi agobio, que ya ni aquellos pequeños paseos podían calmar. Tiempo después desarrollé un ántrax. Los dolores eran terribles. Mariu desesperaba, el ántrax subía por la pierna. “¡Te vas a morir rabiando, hay que hacer algo!”. “Lo mismo me da que te fusilen como que te coma el maldito ántrax, voy a llamar a un médico”. Lloramos amargamente ante esta decisión que podía cambiar nuestras vidas, y que sin duda la cambió, pero teníamos que salir de aquella angustia. – Decidimos llamar a un médico. Mariu se presentó en casa de un médico que nos aconsejaron, le explicó cuanto sucedía y le rogó que no le denunciara. El médico no se presentó, pero sí la policía.
Me llevaron al hospital, me operaron y después, aún convaleciente, me trasladaron a la cárcel. Vinieron los exhaustivos interrogatorios. Estábamos en 1955. Exigencias para que delatara o acusara, para firmar no sé que mamotretos hechos por ellos.
Entonces, si no llega a ser por el médico, ¿no hubiera salido nunca? – inquirió el juez.
Bueno, pero ahora sé quien me delató – le repuse.
Cuando se cansaron de interrogarme me tuvieron aún seis meses en prisión hasta que me soltaron.
¿Qué es lo primero que hiciste cuando recobraste la libertad? – Recuperar a mi hija… ¡Si hubieras visto la cara de mis familiares! Nadie salía del asombro, mi vecina tampoco.
Bajé las escaleras poco a poco con el ánimo turbado y sorprendido. Esta hermosa historia ha dejado en mi espíritu un recuerdo inolvidable y me gustaría que otras muchas personas llegaran a conocerla. La historia de nuestro pueblo regada con tanta sangre y sufrimiento merece que nadie la esconda, porque olvidar es morir.
(1) Su padre murió en el piso de la Placeta les Eres en 1942, en donde Amando se había trasladado hacía poco tiempo, teniendo que esconderse cuando la gente iba a casa a dar el pésame a la familia.
En el mes de febrero 2008, he sido atendida por Ofelia Jordá, la hija de Amando, y por su esposo Francisco Belda, que muy amablemente han corregido algunos errores y han aportado su opinión a este relato que su padre me confió hace veinticinco años. A los dos mis más expresivas gracias.

Salomé Moltó

                                                       

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