La hoja que faltaba


El verano tocaba a su fin. Mi madre me había propuesto ir a hacer una visita a su hermana, antes “de que venga el mal tiempo”.

A mi madre siempre le han impresionado las tormentas de verano,que a veces son fuertes

Cuando en agosto se produce la primera,que suelen ser hacia el final del mes, en seguida propone volver a casa antes que “vengan las inundaciones”. De esta forma

abandonamos la casa de campo camino de la ciudad.

Íbamos, pendiente arriba, a casa de la hermana pequeña de mi madre, que vivía con su cuñada Elsa, hermana de su difunto esposo, en un pueblecito, perdido entre los montes, ya bastante cerca de la playa, de nuestro querido mediterráneo.

Yo ya sabía cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.

Saludos efusivos, besos y abrazos, repaso a cómo estamos de salud, calibrar lo que se ha podido envejecer durante el último año, si la economía va bien y poco más.

– Tu tía ha envejecido un montón –apunta mi madre– justo en el momento en que mi tía va a la cocina a por los mantecados. Elsa su cuñada, asiste con la cabeza. Mi madre hace un gesto contradictorio, no le gusta que Elsa haya oído su comentario. Tampoco pasa nada pues cada año se repite lo mismo.

– Saca el anís, anda muévete que estás alelada -dice mi tía a su cuñada, mientras porta la pequeña bandeja de mantecados en las manos.

– Como no sé qué día vas a venir siempre hago mantecados que duran mucho -dice mi tía mirando a mi madre.

Mi tía y su cuñada Elsa viven juntas desde que mi tía se casó con Pascual; no tuvieron hijos y como Elsa era una persona simple y retraída, se quedó con ellos a vivir, Mi tía tomó a su cuñada como a una hermana pequeña, la cuidó y la protegió, pero a su vez, le cortó toda posibilidad de que esta optara a formar su propia familia. A decir verdad, Elsa nunca salió de su pequeño pueblo. Sí lo hizo, una vez fue a ver el mar, pero como era otoño no se pudo bañar en la arenosa playa de Denia.

Fue la única salida, la única satisfacción que Elsa guardó en su corazón, por lo tanto, el domingo que pasó el Denia quedó grabado en su mente para siempre, alcanzando para ella más importancia que el descubrimiento de América. A cada visita que le hacíamos nos contada su día en Denia, la hermosa playa, la comida en el

restaurante, las pequeñas compras que hicieron.

– Ahora no la conocerías, tanto han cambiado los pueblos del litoral. Denia, Benidorm, en fin, todo está muy moderno. Han edificado hasta en sitios increíbles.

-¡Oh! ¡Cómo me gustaría volver a ver todo aquello! Exclamó Elsa.

– Pues eso tiene fácil solución me invitáis a comer y nos vamos.

Os llevo a Santa Pola donde sirven un marisco muy bueno –dije–.

Pronunciando las últimas palabras observé el asombro en el rostro de mi tía que había desconectado del sinfín de recomendaciones con que mi madre la bombardeaba.

– ¡De eso nada! ¿Llevar a esta boba a la playa? Para hacer el

ridículo, ni hablar -dijo mi tía.

Elsa se levantó de la silla y llorando se fue corriendo por el pasillo.

– Eres muy dura, Marta ¿qué tiene de malo que nos vayamos a

pasar el día en Benidorm? -dijo mi madre, que por supuesto acababa de apuntarse a mi imprudente proposición.

– ¿Pero no ves que nunca ha salido de aquí? ¡Qué haría esta boba mirando escaparates!

– Pues lo mismo que tú y yo, –repuso mi madre– Puesto que mi hija nos invita podemos muy bien ir.

– Yo pongo el coche y la gasolina, la comida la pagáis vosotras – ajusté para evitar posteriores equívocos, mientras me iba alejando hacia el corredor por donde había desaparecido Elsa.

Esta me esperaba secándose las lágrimas de los ojos. Me cogió de la mano y me llevó al despacho de su hermano y del estante me sacó un libro pequeño y me lo mostró.

-Sí, lo conozco, son las rimas de G. A. Bécquer, un gran poeta ¿y?

Elsa me lo mostró a la vez que le daba un beso. No entendí nada ¿Por qué trataba aquel libro con tanto cariño?, ¿por qué lo apretaba contra su pecho?

-¿Ya te ha mostrado el libro, esta tonta romántica?, dijo mi tía que aparecía por la puerta.

– No entiendo nada tía ¿Por qué le tiene tanto cariño a este libro?

-Pues porque se lo regaló un forastero que vino, ya hace un montón de años a las fiestas del pueblo. Se alojó aquí, en la casa, y le hizo creer en un montón de tonterías. Luego se fue y ya no se acordó más de ella.

Algo me sorprendió en la mirada de odio que Elsa lanzó contra su cuñada. Volvimos al salón y, mientras las dos hermanas se daban las últimas recomendaciones y se despedían, volví al despacho y de la estantería cogí el libro. Lo miré atentamente y de repente vi que le faltaba una hoja. Sin duda alguien la había arrancado. Faltaba una

de las primeras hojas. Pasé los dedos y forcé un poco el lomo del libro y quise saber dónde estaría la hoja arrancada, quién podría haberla sustraído, qué podría decir aquella hoja.

– La tiene ella en su caja fuerte, ella la arrancó porque él me regaló el libro y me puso una dedicatoria de amor, y, porque me tenía celos. Sonó la voz de Elsa a mis espaldas. Me quedé sorprendida como si me hubieran cogido degustando la tarta a hurtadillas.

– ¿Quieres decir que la tía Marta arrancó la hoja del libro porque te tenía celos?

– Sí, porque ella estaba enamorada de él. Pero Pedro me quería a mí, me dedicó el libro y me escribió una… bueno, me escribió un poema…

– A ver Elsa, que me aclare. ¿Pedro era el forastero que vino para las fiestas, hace ya tiempo, se alojó aquí, en esta casa y se enamoró de ti, te regaló un libro de Bécquer con una dedicatoria amorosa? A la tía Marta no le gustó que tú te enamorases, porque sin duda, te hubieras ido con él…

– ¡Vamos, vamos ya!, interrumpió mi madre desde la puerta.

Precipitadamente dejé el libro en el estante y me fui detrás de mi madre mientras Elsa con un profundo aire de tristeza, nos miraba.

Ya en el porche nos dimos los últimos besos y subimos en el coche mi madre y yo.

– Esperemos que este “cacharro” no renquee más, pues vamos de bajada -dijo mi madre con clara alusión al coche que últimamente, me sorprendía con algunos fallos de motor, en los momentos más inoportunos.

Bajamos perfectamente la pendiente. El coche funcionaba bien, pero mi cabeza no. Toda esta historia de Pedro, el amor de Elsa me martilleaba sobre todo, porque mi tía parecía la culpable de aquel amor frustrado.

Una idea fugaz puso en marcha un proyecto que me bullía en la mente.

– ¡Hay, creo que algo me falla!

-¿El qué? Yo no noto nada. ¡Si ahora va bien este trasto!

– Creo que hay un fallo de motor. No me arriesgo a que nos quedemos a medio camino.

– Si ya lo decía yo ¡Lleva el coche al mecánico! ¡Hazle la revisión! ¡Y nada de nada! Y ahora ¿qué?

– Volvamos y llamemos a Andrés, el mecánico, y que eche una miradita. Todavía es pronto.

Volvimos y mi tía Marta llamó al viejo Adrián, el único mecánico del pueblo. Mientras, yo me deslizaba hacía la biblioteca e intentaba averiguar dónde estaría la “caja fuerte” de mi tía. Aunque a decir verdad, todos los documentos los solía guardar en el primer cajón de la mesa escritorio, incluso el dinero. Me acordaba perfectamente que, de allí solía sacar las propinas con que nos premiaba de niños, cada vez que limpiábamos los cristales.

Sentí un poco de reparo, pero el sentimiento de curiosidad fue más fuerte y me decidí a tirar de la anilla del cajón. A primera vista eran documentos, algo amarillentos, parecían escrituras o algo parecido. Me detuve antes de meter la mano y remover.

– ¡La hoja no está ahí! -sonó una voz ronca a mis espaldas.

Quede paralizada de puro susto. Me volví. En el quicio de la puerta mi tía me miraba desafiante.

-Perdón… yo…

– No es de extrañar, conociéndote, sabía que volverías. A decir

verdad ya ni me importa. Ha pasado mucho tiempo, ya soy vieja.

Las cosas se ven de otra forma. Ya todo me importa un “carajo”.

– Elsa estaba enamorada de ese forastero, él la quería –repuse tímidamente– ¿Por qué impediste que se fuera con él? Quizás fue la única ocasión de que Elsa fuese feliz.

-¡Ah! Estás muy equivocada, Sonia, ¡pero que muy equivocada!

Pedro no estaba enamorado de Elsa. ¡Pedro me quería a mí! Es a mí a quién escribió la dedicatoria en la primera página del libro.

Quedé tan sorprendida que no supe qué responder.

– ¿Sorprendida, verdad? Yo, una mujer casada. Felizmente, como solían decir. Con Pascual el hermano de Elsa viví de forma anodina. Todo medido, calculado. La misa del domingo, el paseo por la avenida, el aperitivo en el Casino. Todo para lucir a la

hermosa Marta. ¡Oh! No pongas esa cara. Sí, Pascual me quería para lucirme delante de sus amigos. Para eso tenía las mejores vacas, el mejor olivar y por supuesto la mejor hembra. Te diré –añadió bajando la voz– en la cama ¡un desastre! –y en sus últimas palabras se fue alejando hacia la ventana.

Una fuerte angustia me subía del estómago apretándome la garganta en la medida en que mi tía iba contándome los pormenores de una vida constreñida por las costumbres de una sociedad arcaica y la imposición del deseo y la voluntad de su esposo. Lo que más me extrañaba era el poco recato que mi tía empleaba, ella que

siempre había sido tan prudente en sus opiniones. Me di cuenta que su actitud respondía a una necesidad imperiosa de liberar todos aquellos sufrimientos, que durante tantísimo tiempo, había mantenido ocultos.

– Elsa se enamoró de Pedro -prosiguió mi tía. Hicimos creer a todos que así era que Pedro la correspondía.

– Eso no está bien -respondí secamente.

– Lo sé y lo he sufrido siempre. Pero eran años de represión y la mujer no tenía ningún derecho. Desviamos la atención de los demás hacía Elsa y así yo pude salvar la “situación” –hablaba con un tono agrio, la mirada de metal, el gesto firme–. Sé que desapruebas mi conducta, repuso después de una breve pausa.

– Hubiera sido más honesto que te hubieras largado con Pedro –

le dije con dureza.

– ¿Largado con Pedro? ¿Y de qué hubiéramos vivido? ¡Vosotras ahora lo veis todo muy fácil! Tenéis trabajo, independencia, igualdad de derechos. Ahora es fácil, ¡entonces no!

– Cargar la conciencia con esas dos culpas debe de ser muy duro

-añadí sin pestañear y sin rebajar mi severo tono.

– ¡Ah! Ya salió la culpa. Aún te quedan reminiscencias de la educación de las monjas.

– Solo fui dos años -repuse

– Sí, pero nuestra cultura y nuestra conducta han sido dictadas por la Iglesia desde siglos. Pues ya ves, no he sentido ningún remordimiento –continuó con voz apagada– en cuanto a mi marido, claro. Lo de Elsa fue inevitable, eso sí que lo he lamentado siempre.

Es un remordimiento en el que he tenido que vivir toda mi vida – sus ojos se habían apagado un poco y tras un suspiro continuó:

– El brillo de mí “estrella” fue decayendo en la medida en que iba perdiendo juventud. Así, con el tiempo Pascual perdió las vacas con la epidemia, el olivar decreció y su mujer dejó de ser la más bella, la más elegante. Pero, no creas, no le faltó tiempo para buscarse sustituta. Pepote, el chico de la estación de servicios, a las

afuera del pueblo, no es que se le parezca, es que es su hijo. Su madre, la Pepa, recibió a mi marido encantada y le dio el hijo que yo no pude.

– ¡Tía por favor! -Exclamé espantada.

-¡Ah, bueno!, todo el mundo lo sabe -repuso con acritud.

– Es la primera y la última vez que voy a hablar de todos estos años de sufrimiento en que tenía que añadir a sus infidelidades, su desprecio por no haberle dado un hijo. Pero, cuando enfermó lo atendí humanamente hasta su muerte. Lo cuidé con esmero.

– Creo que el viejo Adrián ha terminado de revisar el coche -dijo mi madre observando un poco sorprendida nuestros rostros, pues no sabía, a ciencia cierta, de qué estábamos hablando.

– ¡Irme con Pedro! ¡Imposible!, estaba tuberculoso. Necesitaba muchos cuidados, medicinas, reposo. Murió unos meses después en un hospital.

La voz de mi tía sonaba extraña y su mirada ausente, dio unos pasos inseguros y se dejó caer en el sillón.

Empezaba a anochecer. Salimos del despacio y medio turbada, subí al coche. Mi madre se aposentó a mi lado, silenciosa. Percibía que algo serio había ocurrido en la biblioteca, pero no preguntó nada. Solo dijo que Adrián había revisado el coche y que podíamos volver tranquilamente a casa.

Durante todo el viaje no pronuncie palabra alguna, mi madre tampoco, aunque no dejaba de observarme mientras yo intentaba comprender la triste historia de mi tía y calmar la enorme convulsión que su narración me había producido.

Durante mucho tiempo y todavía hoy, me sigue preocupando la forma y manera en que vivieron sus vidas, en aquellos oscuros tiempos, la generación de mujeres de la época de mi madre y de mi abuela. Me he prometido perpetuar, como testimonio, la infinidad de sus muchos sufrimientos.

Salomé Moltó

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