Tirando de tarjeta


Nadie o casi nadie está hoy sin una tarjeta de crédito. Ese pequeño rectángulo en plástico o metal fino que introducimos y luego marcamos un número secreto para pagar nuestras deudas. Sí, ese invento milagroso bastante reciente en nuestras vidas de consumidores. Y es que tirar de tarjeta seduce cantidad.

¿Quién puede negar que hoy día este mágico artilugio no nos haya cambiado la vida? ¿Qué nos gusta una cosa?, pues la cogemos y la metemos en el carro ¿qué hay otra en la que no habíamos pensado? Pues lo mismo, al carro y así, cuando llegamos a la caja y colocamos en la correa la cantidad de cosas con que hemos llenado el carro, la tarjeta ejercerá su función eficiente: que podamos llevarnos a casa todos los artículos de nuestro capricho. No importa que las cosas adquiridas nos sean necesarias o no, pues no sentimos el peso de la deuda, sino la alegría de la adquisición, un momento de ilusión satisfecho, porque a fin de cuentas, lo pagaremos al mes próximo y si no tenemos suficiente saldo el banco nos cargará una pequeña “multa” y así tan simplemente, este sistema que nos gobierna procura que seamos felices.

Aparte de que la mayoría de las cosas con las que hemos llenado el carro, van a servirnos de muy poco o de nada, las iremos amontonando con un profundo sentimiento que hace sentirnos bien. Muchas veces me he preguntado si tantos siglos de padecimientos, carencias e infinidad de miserias no habrán afectado nuestros genes como para que ahora cualquier cosa nos seduzca, la necesitemos o no. Porque si nos metemos a profundizar un poco, nos damos cuenta de que de verdad podemos vivir con muchas menos cosas de las que tenemos almacenadas en nuestros armarios. Pero cada vez queremos más, nunca quedamos satisfechos, ni siquiera cuando vemos el montón de cosas que no nos sirve de nada, que ocupan un lugar en la casa y que su limpieza y conservación nos esclavizan, no importa las podemos regalar y comprar otras. Llegados aquí ya estamos rayando en el despropósito, en quizás, la locura. Lo curioso es que picamos todos, o casi, creo que, aunque pocas, siguen habiendo personas sensatas que se conforman con poco o con menos de lo que los dictámenes del mundo moderno impone. En fin, consumir, consumir, consumir, es lo que importa al mundo capitalista.

No obstante no hace mucho tiempo las personas hacían su presupuesto. Elaboraban una lista de los gastos a los que se tenía que hacer frente durante un periodo de tiempo. Así teníamos gastos semanales y gastos mensuales. Lo lógico era sacar la cantidad adecuada para el mes y dividirlo por semanas, tanta cantidad para comer, tanta otra para gastos generales etc. Cuando la niña le decía a su madre que la planta del pie empezaba a rozarle por el suelo la madre le respondía “Aguanta una semana más y ya te compro los zapatos en el presupuesto del mes próximo”.

Qué duda cabe que las cosas han cambiado, el ambiente en general es mejor, pero es bien cierto que la situación se ha pretendido mejor de lo que realmente estaba.

Habría que estudiar a fondo cómo ha sido posible un cambio mental de tal calado en las personas Un cambio mental y organizativo totalmente diferente. Hoy no sabemos lo que valen las cosas solo lo que pagamos por ellas. Y lo queremos todo, todo.

Antes de este pum especulativo las empresas fabricaban objetos (zapatos, sombreros, paraguas o lo que fuese), los apuntes contables se dividían en: materias primas, manufactura, gestión, transporte, seguro, administración, representación y poco más, sumando un porcentaje en beneficios. El producto salía al mercado y dependiendo de la suerte, la competencia real y la buena gestión se vendía, daba trabajo a un número de personas y claro está, los beneficios aleatorios.

Hoy no se sabe qué puede costar un artículo, de un sitio a otro, los precios son completamente diferentes. No sabemos el precio real de los artículos. Importa poco, seguimos comprando. Más es verdad que el deseo oculto de poseer tal o tal objeto ha destruido la forma racional, equilibrada y justa de satisfacer una necesidad. Las bambalinas de la ilusión equívoca nos hace ir tirando de tarjeta sin razonar, sin plantearnos nuestras verdaderas necesidades, mientras, colaboramos al deterioro del planeta por el abuso irracional del consumo. Y sin darnos cuenta de nuestra absurda conducta, seguimos tirando de tarjeta y de carro.

Salomé Moltó

2 comentarios sobre “Tirando de tarjeta

  1. Podés considerarme en el grupo de “casi nadie”. Si bien tengo tarjeta por alguna circunstancia fortuita, es como el teléfono móvil, lo tengo y nadie tiene el número, ¿para qué, si no lo uso?. Conocí personas muy cercanas a mí, muy queridas, que había hecho uso de la tarjeta y no había manera de poder ponerse al día, siempre estaba endeudado. Ojalá todos leyeran con atención tu artículo, querida amiga Salomé. Un abrazo.

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    1. Gracias Cesar, la verdad que hay muchas personas convulsivas y compran en exceso,

      Un abrazo cordial

      Salomé

      El 21/4/21 a las 18:37, Kosas y algo mas escribió: > WordPress.com >

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