-Dos conceptos netamente contradictorios al día de hoy. No porque puedan ser confundidos, sino que al vivir con los dos al mismo tiempo, llegamos a tener serias dificultades para identificarlos, y sin embargo, la humanidad no ha vivido usando los dos términos toda su existencia.
-Hoy vivimos en pleno desarrollo del patriarcado y no es algo que acabamos de estrenar, esta organización social dura ya más de cinco mil años.
Se calcula que a consecuencia de que el ser humano consiguiera un excedente alimenticio, la fuerza del brazo guerrero intentó imponerse apoderándose, podríamos decir, de la plus valía, en cambio, anteriormente la sociedad vivía con otro tipo de valores. La mujer era apreciada por ser la fuente de dacción de vida, de crianza, de alimentación, de supervivencia
La doctora Riane Eisler en su libro “El cáliz y la espada” nos explica que un sin fin de hallazgos arqueológicos han demostrado que una civilización matriarcal precedió al patriarcado muchos miles de años antes. Se supone que la humanidad, sin dejar de ser nómada, hace más de doce mil años, se asentó al borde de los ríos para cultivar una incipiente agricultura, esta acción, en el proceso evolutivo, despertó la codicia de la gente que nada tenía y el robo a través de la fuerza se impuso. La acción depredadora avasalló e intentó imponer su dominio
Ríos de tinta han corrido a través de los siglos intentando demostrar nuestro origen patriarcal y poco el matriarcal. En cambio, nos inclinamos a pensar, que si el primigenio origen fue matriarcal y en la forma que la civilización avanzaba degeneró en un patriarcado, hoy podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los dos conceptos han convivido durante miles de años y lo siguen haciendo.
Afirmarse en una posición para ir contra la otra es, como pensar que lo bueno está en una parte y lo malo en otra, es sin duda, un graso error. Y afirmaríamos que, el deseo de conjuntar los dos valores, o lo bueno que puedan tener estos dos enfoques de interpretar la vida y vivir la, lo más óptimo a lo que podamos aspirar.
La humanidad se ha debatido, también durante siglo, en averiguar si el ser humano es bueno o malo. Si estudiamos a Hoobes con su Leviatan el hombre es malvado y necesita de unas obligaciones y normas que constringan su maldad, en ese caso las ordenes y reglas de las leyes del Rey harían esta función y si estudiamos a Jean Jacques Rousseau, todo lo contrario, el hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe. ¿cual de los dos lleva razón? ¿o los dos la tienen? ¿o los dos están equivocados?. Conceptos y valores que han inquietado al hombre a través de los tiempos.
Dejando las referencias históricas que pueden ser muy importantes y orientativas nos gustaría apuntar a las esferas cotidianas de las familias, de las relaciones laborales, amorosas etc.
Con dolor observamos que estas conductas se debaten entre sí. Cuantas familias viven sometidas al dictado del padre o de la madre que ejercen una jerarquía deplorable. El enamorado intenta imponer su criterio, a veces la enamorada, el patrono elimina todo planteamiento de sus operarios con un “aquí mando yo, y se hace lo que yo digo y como yo lo digo”. En los partidos políticos se ejerce igual actitud jerárquica y acabamos en una sociedad piramidal de despotismo y autoritarismo anulador . Y no tanto se da en el hombre, la mujer, según en que circunstancia también lo ejerce.
Como aquella vieja que le explicaban toda la nobleza, la generosidad y la armonía social en que deben regirse las personas, nos soltó “Bueno eso está muy bien, pero, ¿aquí quien manda?” Nos tememos que poco podemos avanzar en los hermosos derechos del ser humano que un día muy importante del año 1948 las Naciones Unidas aprobó una vía más democrática para que podamos vivir con más justicia y más felicidad.
Si todos nacemos iguales, que lo seamos en derechos y en deberes y si en un momento nos falla algo que lo sepamos suplir con amor. ¿Lo tenemos? ¿Podemos? ¿Queremos hacerlo?. Que cada cual se conteste así mismo.
Salomé Moltó
Salomé, tenés razón en que todos nacemos iguales (o deberíamos); si pudiéramos retrotraer el árbol genealógico de cada ser humano, cada uno de los miles de millones verían con asombro que en el inicio todos (o casi todos)… tienen un ancestro común.
En definitiva, que todos somos hermanos, desde el más humilde, el más andrajoso, el más inteligente, el más torpe, el más soberbio y crecido en su autoestima al que algún individuo de mis pagos le diría “Ché, ¿de qué te las das?” (Perdón, no pude reprimir el deseo de escribir esta frase tan emblemática dirigida a las ínfulas de algunos).
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