Tenía apenas 6 años de edad, cuando una prima nuestra, de apenas 15 años, me invitó a participar de las actividades de un movimiento juvenil judío sionista. Mis padres lo vieron con agrado, porque también ellos abogaban por el renacimiento nacional hebreo en Eretz Israel, las Tierras de nuestros ancestros. La hermana mayor de mi padre había emigrado a Palestina mucho antes de la independencia de Israel.
Fue muy emocionante encontrarme vestido con camisa blanca y pantalón azul. Al cuello llevaba un pañuelo de color celeste y una franja blanca, indicando que formaba parte de esa institución en calidad de principiante. Éramos los hijos del desierto, ´Beney Midvar´, y con el tiempo íbamos a aprender los principios del movimiento y entonces ascenderíamos en la escala de la institución. La culminación de todo, más o menos a los 18 años sería con el cumplimiento de la máxima acción personal, la áliá, emigración a Israel. Pero no simplemente pasar a formar parte del novel país, sino ser miembro de un Kibutz, una cooperativa donde sus miembros llevan una vida comunitaria participativa y equitativa. Aun cuando nuestro movimiento no se declaraba políticamente socialista, ni abogaba por una nación socialista, la vida en el Kibutz era igualitaria. Sin salarios distintivos, cada uno debía dar lo máximo por el bienestar general de la comunidad.
Las actividades se llevaban a cabo los días viernes y sábados. Se respetaban las tradiciones judías y entre ellos la recepción del sábado con velas encendidas y canciones alusivas. Estábamos divididos por grupos de acuerdo a las edades y cada uno contaba con un instructor´. Su misión era transmitir a sus educandos, los niños, conocimientos sobre Israel, su historia y tradiciones, en particular en cuanto a sus ancestros nacionales. También el estilo de vida del Kibutz y sus finalidades educativas. Pero la temática era variada y muchas veces discutida. Queríamos una nación mejor, pero también revertir la vida de destierro que los judíos venían sufriendo ya miles de años. Ante todo retornar a la tierra misma, y a las actividades campesinas y agrícolas. Decíamos que en el Kibutz en especial, íbamos a criar callos en nuestras manos y así recrear un modelo de judío fuerte física y mentalmente.
Discutíamos sobre como llevar a cabo dicha obra y en especial como subsistir en un mundo capitalista agreste. También surgió una gran discusión en cuanto a la población árabe que vivía en aquellas tierras. Eran los años 50 tardíos, y ya se perfilaba la problemática de la convivencia con una cultura tan diferente. La árabe era una sociedad eminentemente religiosa patriarcal, desconociendo todo término de democracia moderna. Las propuestas eran variadas, pero éramos aún muy jóvenes como para discernir entre las ideas y la práctica de las mismas. Un día llegó a nosotros un dirigente del movimiento en Israel, era una persona mayor y había sido uno de los fundadores de un Kibutz del movimiento. Dicho sea, aquel Kibutz se levantó sobre tierras compradas por el movimiento sionista. Este hombre nos relató sobre sus experiencias en la vida de aquella comunidad, pero hizo hincapié en cuanto a sus vecinos árabes de un poblado cercano. Aquel Kibutz había nacido unos cuantos años antes de la declaración de independencia de Israel, en el año 1948.
Nos contó que durante los primeros años se había creado una mancomunidad muy cercana con aquel poblado árabe. Esa gente tenía muchos conocimientos de campo, y aun cuando eran un tanto primitivos, nos dieron una buena mano. De nuestra parte podíamos ayudarles con cuestiones técnicas. Era una especie de idilio, hasta que un día se instituyó en Jerusalén, Ál kuds, para los árabes, un dirigente musulmán religioso. Este rechazó toda relación con los judíos sionistas, llamando a eliminar totalmente del vocabulario toda terminología tendiente al surgimiento de la nacionalidad Judía. El Corán, según dicho dirigente, Jaz Amin El Husseini, así se llamaba, negaba a los judíos su condición de nación. Aquellos podrían existir solo como comunidad religiosa, bajo el manto de la Nación Islámica. El Husseini dirigía toda la red de mezquitas de la zona, y a través de ella impartía sus órdenes a todos los feligreses. Así dio por término la convivencia entre ambas culturas. Siendo que los judíos estaban determinados a instaurar su Nación Hebrea, se inició un conflicto que aún perdura en ciertas partes del mundo Islámico.
Entonces yo era ya un jovencito de 13 años de edad, tenía ya bastantes conocimientos e ideas creadas. Como un buen idealista, creía a pie juntillas, en el poder del proceso educativo y pensaba que todo se puede lograr a través del tiempo.
Siendo ya un joven independiente de 18 años de edad, llegué al Kibutz designado para nuestro grupo por el movimiento. Estaba a escasos metros de la frontera sur, frente a la Franja de Gaza. Cuando trabajaba los campos con el tractor, rozaba la red de alambre que marcaba la frontera. A veces veía a los campesinos del otro lado, que saludaban extendiendo el brazo, aunque de una manera extraña. Luego alguien me explico el significado de aquellos ademanes. Simplemente decían… Muérete.
Pero nunca cejamos en nuestros propósitos de lograr alguna manera de convivencia. Aquella gente era muy pobre, y en épocas que nuestro ejército dominaba, algunos de nuestros compañeros trataban de ayudarles de alguna manera. Recuerdo en especial una compañera nuestra, que tenía allí amigos. Ella, entre otras cosas, intercedía ante las autoridades militares nuestras para que dieran tratamiento médico a aquella gente. Algunas veces personalmente la acompañé a hospitales nuestros a visitar a los internados. La llevaba con alguno de los vehículos del Kibutz. En esas oportunidades también yo probé de establecer relaciones personales. Como Gaza estaba conectada a la red celular de Israel, incluso podíamos conversar sin límites. Todo un idilio, y no obstante, pese a ser ambas partes seres humanos, que sufren y aman, gozan y perduran de una misma manera, había un abismo cultural casi intransitable. Había que tener constancia para continuar en dicha posición, como era con nuestra compañera. Creía a ojos cerrados en un futuro de paz y sosiego para todos. Algunos tratamos de disuadirla de aquella total entrega, pero sin resultados mayores. Sin lugar a dudas estaban muy agradecidos por la ayuda dispensaba. Las mujeres eran madres abnegadas sin duda, y también ciertos hombres. Pero en cuanto pasábamos a algún diálogo de índole político, todos ellos desaparecían detrás de las bambalinas de la dirigencia religiosa. ´No soy quien puede decidir´, me decía uno con plena sinceridad. ´Tampoco opinar’, reconocía otro. Y la frase final… ´Todo está en manos de Aláh´.
Desde nuestra óptica, a escasos metros de aquel planeta llamado Gaza, con sus casi 2 millones de habitantes, podíamos ver con nuestros ojos el proceso de deterioro de su dirigencia. En 1987 se creó el movimiento Hamas, el cual en sus estatutos declara abiertamente, que su propósito es crear un Estado Islámico, en ´todo’el territorio de Palestina. Por supuesto que ello no deja lugar a ningún tipo de Nación Judía.
Pero nosotros, algunos más que otros, mirábamos todo aquello con la visión del idealismo que se había perfilado muchos años atrás, cuando nacieron los movimientos juveniles.
Hubo muchas escaramuzas y operativos militares de Israel en Gaza, pero siempre terminaban con algún acuerdo temporal. Lo que los árabes denominan, ´Hudna´, que proviene del Corán y que sirvió a Mahoma en sus guerras contra los infieles. El término índica una tregua temporal en la lucha. Nunca es definitivo.
Pero el 7 de octubre último, sucedió un evento de guerra que transformó todo. Llevados por un odio extremo y con base en sus definiciones, como explicaba antes, lanzaron un ataque brutal. Nosotros, y entre ellos nuestro Kibutz fuimos el objetivo principal. Con una pasmosa y ceremoniosa parsimonia guerrera, más de 4 mil hombres armados hasta los dientes, atacaron a nuestros poblados y a su gente, que dormía placidamente. Era sábado, a las 6.30 de la mañana y entonces comenzó todo con un bombardeo con misiles y cohetes. Los terroristas no respetaron a nadie, ni a mujeres ni a niños de corta edad. Mataron a diestra y siniestra y dejaron un tendal de muertos y destrucción incomparables. Una masacre absoluta, más de 1400 asesinatos y 4 mil heridos, todos pobladores de unos 20 Kibutz y poblados. También se llevaron a unos 250 prisioneros, que fueron raptados a punta de fusil, hasta niños de corta edad. No voy a repetir las descripciones ya publicadas de las atrocidades cometidas, asesinatos y violaciones de mujeres, sin parangón en la historia de Israel.
¿Dónde estaban las fuerzas armadas del glorioso ejército de Israel?
Es la pregunta del siglo, pero yo quiero narrar lo ocurrido en nosotros, aquellos miembros soñadores de los movimientos juveniles. ¿Qué pasó y que ocurre ahora con nuestros ideales?. ¿Es que todo se vino abajo, se desmoronó la ideología que nos hizo vivir tantos momentos de visión futura?. ¿Es que fuimos unos incrédulos inocentes? ¿Es que nunca vimos la verdad detrás de todo aquello?. Por sobre todo… ¿Dónde estaba el gobierno?.
La caída para nosotros fue trágica, y sin ninguna misericordia pasamos del gran idealismo al pozo profundo de la desidia y la depresión. También quedamos sin hogar, pues casi todo fue destruido y quemado, sin medios económicos, pues todo se quebró. Campos y fabricas, edificios de las instituciones, centros de estudios, escuelas y jardines de infantes, el amplio comedor comunitario, las salas de reuniones. Todo destruido, desaparecido. Fuimos acogidos temporalmente por otros Kibutz del centro del país, o en hoteles y pensiones.
Pero lo temporario lleva ya casi 10 meses y no hay miras de retornar y reconstruir aquel hogar. Y ese fue otro golpe increíble e inesperado… desde el interior de nuestra propia nación. Descubrir la otra cara de nuestra sociedad, absurda y degenerada, como solo puede serlo una sociedad basada en la mística mesiánica y ultranacionalista.
Lo voy a resumir así, meses después de aquella tragedia, caminando por una céntrica calle, en un comercio cualquiera, presencié la peor patraña jamás imaginada. Circulaban entonces ciertas teorías conspirativas, por las cuales, los propios ¨izquierdistas” de los Kibutz de la frontera con Gaza, eran los culpables de la tragedia. Es decir que aquellos idealistas éramos los causantes adrede de aquel pogromo. Las víctimas pasamos a ser los propios victimarios, y también fuimos acusados de “traidores a la patria”, todo por nuestras ideas humanistas y entre ellas las relaciones de apoyo a los árabes de Gaza. En aquel comercio dos hombres, judíos israelíes por cierto, comentaban entre risotadas aquella patraña. Cuando les hice una objeción y pregunte… ¿por qué dicen eso?, recibí el mote de… ¨comunista”. Pero resultó ser que tales patrañas acompañan y definen al actual gobierno de Israel. Aquel mismo gobierno con su fracasado dirigente que no supo prevenir ni afrontar la tragedia del 7 de octubre.
Ahora estamos a 10 meses de aquel negro día, y aún permanecen en cautiverio de Hamas cientos de Israelíes. Este gobierno no tiene apuro alguno en llegar a algún acuerdo con los terroristas, y juegan sobre los cuerpos de los nuestros, los que están con vida y los cadáveres enterrados en algún túnel escondido. Pero el líder supremo, aquel fracasado, para nosotros, sigue más que presente en la vida de todos, porque goza del apoyo popular de quienes también nos odian por nuestras convicciones humanistas.
Vemos con horror como las calles se llenan de fascistas vociferantes y violentos, que amenazan no solo a sus enemigos árabes sino, y en particular a los “traidores”de adentro. Todo ello trae a la memoria a aquella Alemania de 1933, cuando un miserable antisemita ganó las calles y el corazón de quienes buscaban venganza a todo precio. Desde el mismo gobierno que hoy domina, vemos surgir un tipo de nazismo similar. Se destacan las “kipá”, las gorras que usan aquellos, los religiosos de origen oriental que amén de gritar enardecidos ¨muerte a los árabes”, dirigen sus insultos a los judíos ¨azquenasitas”, los de origen europeo, de tez blanca y ojos claros. Es decir, los liberales como aquellos pioneros de los Kibutz, los realmente fundadores de la nación hebrea. No solo los orientales, pues paradógicamente, estos continúan y llevan a cabo las consignas de los mesiánicos, aunque siendo una minoría dentro del público azquenasita, su ideología prolifera en las masas populares.
El enfrentamiento con el Islam Fundamentalista lo están portando los fanáticos del judaísmo no menos fundamentalista. Los resultados pueden llevarnos al desastre por ambas partes. Al menos en estos momentos, así se perfila el futuro próximo.
Entonces y a nivel personal me pregunto… ¿a qué planeta pertenezco? Si no puedo confiar en los enemigos, pero tampoco en los que alguna vez consideré… los nuestros.
Y no obstante, desde mi ya mayoría de edad, cuando miro el pasado y los hechos sucedidos, no me arrepiento de nada.
Josef Carel

MUY BUENO!!
Van mis felicitaciones.
Un abrazón, amigazo
Me gustaMe gusta