Los primeros años de la posguerra, entre 1939 y 1953, se vivieron en este país como uno de losmás horribles periodos de su historia. La represión y la miseria minaron nuestra población de forma alarmante. No sólo eran notorios los fusilamientos que se practicaban a diario, también la hambruna que nos arrebató alrededor de cincuenta mil personas, muertas de tuberculosis, digamos, de hambre. Sin embargo, se han publicado pocos libros de esta tan dramática época. A partir de los años cincuenta la situación fue cambiando progresivamente, aunque con una lentitud mayor de lo que la población demócrata hubiera deseado.
En la búsqueda de cómo vivió la población aquellos años hemos pedido a José Hiraldo, incansable luchador anarcosindicalista, que nos exponga cómo se vivía la clandestinidad en una ciudad como Valencia. Y es así como nos lo narra:
“Al terminar la guerra en España, la depuración fascista fue cruel y la persecución continua para todos los que fueron combatientes del ejército republicano. Muchísimos fueron fusilados, práctica de uso cotidiano. En Madrid, por ejemplo, eran centenares los ejecutados cada madrugada. El alba se encontraba con el suelo ensangrentado. A tal punto se llegó que el conde Ciano, yerno del dictador italiano Benito Mussolini, escribió a su suegro diciéndole que eran muchísimos los que cada madrugada caían frente al piquete de ejecución… Además las cárceles estaban abarrotadas de reclusos, que permanecían muchos días sin recibir ninguna clase de alimento. Otros sufrían en distintos campos de concentración o eran mandados a trabajos forzados. Pocos fueron los que escaparon del odio feroz del fascismo impuesto con la ayuda de Hitler y Mussolini.
No obstante, unos días después del triunfo de los de la cruz en el cuello, los de “Viva Cristo Rey”, ya funcionaba un nuevo Comité de la CNT trabajando para salvar vidas y ayudar a los sufrientes presos. Sus integrantes pensaban en los demás compañeros con altura de miras, pues no ignoraban lo que les esperaba de ser descubiertos.
El caso es que se habían hecho con un sello y papel timbrado de uso legal y con él pudieron salvar la vida de muchos de los que corrían mayor peligro, tanto por sus ideas, como por el cargo que ocuparon civil o militar durante nuestra contienda. Al ser descubierto, hubo uno que pudo escapar, pero el principal responsable había sido secretario de la colectividad de campesinos de Liria, con nombre supuesto. Su nombre, se decía, era Esteban Pallarols. Detenido, lo llevaron a su tierra, después de padecer todas las torturas inimaginables. En la prisión contactó con sus familiares, que ya lo tenían olvidado en vida. De ahí que se negaran a reconocerlo, mucho menos a ayudarlo. Lo dice Cipriano Damiano en su libro sobre la resistencia libertaria.
Con el correr de los días, fue entrando un poco de orden tanto en la correspondencia epistolar como en las visitas a los detenidos que no estuviesen condenados a muerte.
Salomé Moltó
