(cómo los niños jugaban, hace tiempo)
En un tiempo en que no había ninguna clase de tecnología y que hoy día tanto han hecho cambiar los hábitos, sobre todo en la gente joven.
El pequeño patio con sus dos nísperos y su palmera llenaron de fantasía la imaginación de la pequeña. Seguramente era impensable que las espesas e impenetrables junglas de las películas de Tarzán se limitaran a aquel pequeño espacio, pero nada se podía contra la imaginación de la niña que empezaba su marcha entre tanta espesura, por la parte derecha, dando la vuelta a los tres árboles, que sin duda se multiplicaban por cientos en su imaginación. Con un “enorme machete” en la mano iba cortando la tupida vegetación de aquella improvisada jungla. Los monos saltaban de la parra del fondo a la palmera, entre mil gritos que la selva emitía. “¿Los habéis oído?, son los negros de la tribu”, decía la niña a su hermano y amiguitos, unos vecinos, todos menores que ella. Los pequeños agudizaban el oído y sí, parece que todos oían el rumor de la selva, ante la mirada inquisidora de la muchacha que no estaba dispuesta a no percibir el vuelo en liana de su héroe Tarzán. Algunos, desanimados de dar vueltas tan cortas, se sentaban con el ánimo desencantado y un atisbo de escepticismo en la mirada. “Si os rendís, ya no vendréis por la selva a buscar a Tarzán”. “Sí, pero no hacemos más que dar vueltas y Tarzán no sale, además yo no oigo nada. Esta selva es una mier…”. Así solían terminar los juegos, con la deserción de alguno de los niños aburridos, o con la voz de la madre que requería la presencia de la niña para alguna tarea.
Después de un cierto tiempo, el piso de la parte de arriba fue ocupado por un sargento del ejército destinado en Alcoy. Las viviendas escaseaban la gente se amontonaba en los pisos y eran muy frecuentes los realquilados. La familia del sargento estaba compuesta por el matrimonio y un niño de corta edad. Para entonces, ya cerca de 1952, en el piso sólo residía el militar con su familia. Para su gran sorpresa, la niña observaba al pequeño en sus juegos. Éste salía desnudo a jugar, usando una escoba como si se tratara de un caballito y él, el jinete, daba vueltas por la galería, hasta que conseguía jugar con los demás. En un momento dado, el niño cogió el brazo de la niña y lo mordió con furia, y ésta se fue llorando a decírselo a su madre. “Tú eres tonta, ¿no sabes defenderte? ¿No te das cuenta de que es hijo de un militar? ¿Quieres que acabemos todos en la cárcel? Nosotros sólo podemos sufrir y callar” -le repuso la madre, con angustia, después de toda una serie de consideraciones que jugaban en contra de ellos, los vencidos. A esa altura de terminada la guerra, el miedo persistía.
La niña empezó a pensar “cómo defenderse”. Lo primero sería no jugar nunca más con aquel salvaje, pero perdía espacio físico: el patio quedaba para el niño del sargento. Quedarse en el poco espacio de la cocina o del dormitorio era peor que estar en una cárcel. Volvió al patio y a jugar con su hermano pequeño y los amigos de éste. Sus dos únicas ventajas: unos pocos años más y una gran imaginación.
El hijo del militar volvió a jugar con el grupo, parecía que se iba incorporando. Un día estando la niña, su hermano y el niño del sargento jugando, éste dio por terminado el juego y de nuevo, cogiendo el brazo de la niña, empezó a morder con saña. Ella lo soportó hasta que empezó a salir sangre del aro que hacían los dientes en el brazo. Una calma tensa la invadió a pesar del enorme dolor que sentía. De repente cogió con las dos manos la cabeza del muchacho y, poseída por una furia enorme, la golpeó contra la pared. Éste salió corriendo reclamando la ayuda de su madre. Al momento surgió con el niño en brazos gritando a los cuatro vientos que “su hija le ha pegado a mi hijo, es más mayor, que esto… y voy a …”. La mujer del militar se deshacía en amenazas con gesto prepotente. La madre de la niña cogió a su hija por el brazo y mostrándolo le dijo: “Mire lo que su hijo ha hecho a mi hija, y no es la primera vez”. Del brazo de la niña cayeron unas gotas de sangre.
La “sargenta”, estupefacta y asustada a la vez, hizo gesto de darle un bofetón a su hijo y los dos desaparecieron, llenos de confusión. El niño había dejado de berrear.
A partir de aquel día la niña comprendió que no necesitaba a nadie para defenderse, ni a un padre alcohólico y déspota, ni a una madre atolondrada por las difíciles circunstancias que se vivían. El niño volvió a jugar con el grupo y a partir de entonces marcó una conducta solidaria y seria con todos. Hoy en día, ya mayor, esta niña que lo fue, sigue defendiéndose como parte de sus convicciones más profundas, ya que sigue pensando que el ser humano debe en todo momento y ante cualquier circunstancia luchar por lo que cree es su dignidad.
Poco tiempo después, subió corriendo la escalera y arrinconada en la galería observó el revuelo que había en el piso. De la boca del niño salía espuma y su cuerpo se contorsionaba extrañamente. Su madre, histérica, intentaba sujetarlo, mientras un señor a su lado sentenciaba el ingreso del niño en el hospital. Bajé corriendo y se lo dije a mi madre.
“Ya lo sé, ese niño está enfermo, creo que es epiléptico o algo más” –respondió ésta con gesto preocupado. Poco después el sargento fue trasladado y con él desapareció toda su familia.
Salomé Moltó
