La revelación


Dura época la de aquellos años sesenta, cuando la represión se manifestaba sin atenuantes, sobre todo en lo referido al sexo.

Meli y Zoraida eran mis compañeritas de colegio. No vivían en la misma cuadra, pero siempre se las arreglaban para estar juntas. A veces venían hasta mi casa a copiar ciertos temas para exámenes. En aquella época yo me aplicaba a mis lecciones, estaba creciendo y quería salirme de ese barrio que ya había perdido  encanto ante mis ojos, ávidos de orientarse hacia un mundo amplio y pletórico de posibilidades, con calles pavimentadas, negocios atractivos y escuelas elegantes.

Meli y Zoraida, digo, siempre estaban juntas y abrazadas. Confieso con vergüenza que,  cuando empezaron las diatribas, me sumé a ellas con espanto. Lo que veíamos era más que dos amigas compartiendo la adolescencia. La libido estallaba en sus jóvenes cuerpos (vaya si lo sabía yo también). Claro que había que conservar la compostura más allá de  noches agitadas y revuelo de sábanas humedecidas.

Fue en principio como un juego de niñas, más luego atrapadas por las complejidades del ardor, cedieron al empuje arrollador del despertar del sexo.

 La pasión primigenia se consumó. Y sorprendidas, gozosas e inocentes, dieron rienda suelta al fuego que las estaba devorando.

Cuando cierta vecina dio la voz de alarma,  las chicas comprendieron lo que era sentirse marginales en un arrabal de sombras y reproches, de lágrimas y escándalo.

A Meli, sus padres  la enviaron pupila a un colegio de monjas. Y Zoraida se marchó, tal como había llegado, sin llevarse nada más que el recuerdo del comienzo, de la revelación, del éxtasis, de la dulce locura incontrolable.

Pasó el tiempo y un día Meli volvió, pero yo ya había partido.

Luego de algunos años retorné al barrio. Estaba muy cambiado, las calles asfaltadas, los viejos almacenes clausurados, edificios recientes habitados por una clase media en crecimiento.

 Me dijeron -decidí no comprobarlo- que Meli había quedado sola en la casa familiar,  la única de la zona, no modificada. Y que una anciana con aire fantasmal y mirada extraviada se asomaba a la ventana cada tarde  con un gato mestizo en el regazo. Como si aguardara el retorno de briznas de un pasado  perdido y presentido en el frágil arrabal de la memora.

Catalina Zentner  Levin

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