Mañana parisina


Nevaba intensamente en París y la ciudad tenía un aire fantasmagórico con su estampa navideña. Las ráfagas aullaban como lobos entre las ramas cubiertas de escarcha. Algunos de los transeúntes con pasos inseguros resbalaban sobre el hielo de la costanera  y por mi parte sentía rechinar cada uno de mis pasos que dejaban huellas profundas sobre la nívea alfombra. Al cruzarse con las de otros paseantes, creaban dibujos insólitos, que se modificaban sin pausa  con el paso de otros peatones.

Paseo por la orilla del Sena y el frío se filtra entre mis ropas. Desde los puentes colgaban  transparentes estalactitas de hielo y los copos volaban en remolinos, al impulso del viento y vestían con un manto blanco la desnudez de las estatuas.

“Me pregunto ¿Por qué salí, si desayunaba cómodamente sentado en mi biblioteca, con la estufa encendida?”

 La gente caminaba apresurada con la cabeza gacha resistiendo el viento.

“En realidad, debo confesarme que no encontraba las ideas apropiadas para terminar el cuento”

 Las ráfagas se empecinan en volarme el sombrero. Me lo encasqueté con fuerza, levanté el cuello del abrigo y proseguí mi caminata sin apartar la vista de las pequeñas olas que navegaban en la corriente del río

“Me siento como un idiota por no regresar ahora mismo”

 Mi conciencia no me daba reposo con ese diálogo sin voz…

Dos niños venían corriendo mientras reían y hablaban a los gritos. Sorpresivamente, uno de ellos tropezó contra el borde, patinó en la nieve y cayó al río. Su compañero comenzó a gritar desesperado para llamar la atención de los transeúntes. Se detuvieron algunas personas pero nadie atinaba a hacer nada. En el río, el chico chapoteaba con la boca abierta, su mirada reflejaba terror y sus ojos casi fuera de las órbitas se cruzaron implorantes con los míos. Por lo visto no sabía nadar, se hundía y volvía a reaparecer. Tragaba agua y si no lo sacaban de inmediato moriría ahogado.

En  un acto impulsivo, me quité el abrigo y me arrojé al río. El agua helada me caló hasta los huesos. Abracé al niño y le sostuve la cabeza fuera del agua. Se había desmayado.   “Me arriesgué demasiado, porque estoy tragando agua y siento que me estoy congelando”.

Los copos seguían cayendo sobre nuestras cabezas. Casi no podía mover los brazos, sostenía con uno al chico, con el otro apenas avanzaba y la corriente me arrastraba. Nunca fui un buen nadador.

“Jamás  imaginé que sería capaz de un acto de arrojo como el de hoy, nunca tuve pasta de héroe”.

 En la orilla, un grupo de curiosos cada vez más numeroso corría a la par nuestra para darnos ánimos.

“¿Porqué nadie se arroja al río o me tiran una cuerda? ¿No ven que nos estamos ahogando?”

La corriente nos arrojó contra unos botes amarrados a uno de los muelles.

 Numerosas manos nos aferraron y se apresuraron a sacarnos del agua. Alguien había llamado a una ambulancia, nos introdujeron en ella, masajearon nuestras extremidades y nos taparon con mantas térmicas.

“Este incidente podría ser el argumento para mi próximo cuento”

Observé al niño que estaba en la camilla de al lado, me sonrió en medio de sus chuchos de frío, quise devolver el gesto, pero sólo pude hacer una mueca.  Mi cuerpo está insensible, estoy tiritando violentamente con una sensación dolorosa y desagradable.

“¡Qué ironía! Salí para aflojar tensiones, refrescar ideas y voy camino al hospital”

A pesar de las mantas estoy congelado, me siento desfallecer y a punto de desmayarme…   “Aunque tragué mucha agua, todavía tengo en la boca el sabor de la última tostada crocante del desayuno…

 Moshé Goldin

 

 

 

2 comentarios sobre “Mañana parisina

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