Vías férreas (maquis)


Pablo había sido destinado, cercana ya su jubilación, a una estación ferroviaria en un pequeño pueblo perdido entre altas montañas. Su trabajo consistía en gestionar una estación por la que
sólo pasaba un tren a las siete de la mañana y otro a la misma hora de la noche. Era el único lazo de unión con la ciudad para los casi trescientos habitantes del pueblo.
Pablo expendía los billetes y a continuación se ponía la gorra y brazo en alto, ya emplazado en el andén, daba la salida al tren.
El trabajo era simple, pues pocos viajeros llegaban y casi nadie se iba. Sólo los domingos tres chicas jóvenes y dos muchachos de más o menos su edad, salían temprano y volvían en el último tren.
El resto era todo rutina y los días se sucedían interminablemente. Pablo conocía a todo el mundo: al grupo de señoras que los viernes marchaba de compras a la ciudad y a quienes iban al médico. Los
forasteros solían acudir durante las fiestas, pero el resto del año nadie se dignaba ir.
Cuando aquella mañana el tren de las siete se paró, no prestó la mínima atención, saludó con la mano al maquinista y continuó leyendo el periódico. Nadie subió y, tras el paro reglamentario, el
tren desapareció por el túnel. Fue entonces cuando se apercibió de la presencia de una figura oscura y menuda y, fijándose mejor, distinguió a una mujer con zapatos negros, ropa ancha y un enorme chal negro que la cubría casi por completo. La mujer permaneció cerca de dos horas sin moverse. Observaba silenciosa la estación, el horizonte rojizo, por donde un sol imperioso intentaba rasgar
las tupidas nubes. Una ligera brisa, algo fresquita, anunciaba el próximo otoño. Todo rezumaba tranquilidad. Pedro continuaba leyendo el periódico, fingiendo no prestar atención, pero no quitaba
ojo a la mujer ya mayor, que observaba con tanto detenimiento el paisaje y las torres del monasterio. Aquella mujer le producía una cierta inquietud. Finalmente la viajera entró en los urinarios, salió rápidamente y empezó a subir la cuesta pesadamente hacia el convento anclado en la cumbre. Volvió media hora antes de la llegada del tren de la tarde, se sentó en el mismo lugar de la mañana y cuando subió dejó la estación vacía y un montón de interrogantes en la monótona vida de Pablo.
Durante varios días aquella mujer observó la misma conducta hasta que Pablo, vencido por la curiosidad, se acercó y le preguntó si deseaba algo. No, le contestó contundentemente con expresión triste. Pablo no se atrevió a preguntarle nada más. Así pasaron varios días, y sobre el cuarto o quinto día la mujer se acercó a Pablo, que la miró sorprendido, y le preguntó:

  • ¿No tiene usted jabón? ¿No vende hojas de afeitar?
  • Aquí sólo tengo chucherías para los niños, si quiere jabón y hojas
    de afeitar tendrá que ir al pueblo – repuso Pablo.
  • ¿Está lejos? – preguntó la mujer con dulzura.
  • No, a quinientos metros, y sólo hay una tienda, así que no puede
    perderse.
    Pablo no supo cuándo volvió la mujer del pueblo ni cuándo subió hacia el convento. Pero la vio bajar la cuesta precipitadamente y algo nerviosa colocarse detrás de un enorme olmo, para sin ser vista, observar toda la estación. Aquella vez el tren partió sin ella. Pablo, hizo como si ignorara su presencia disimulada. Se entretuvo dejando pasar el tiempo, sin hacer nada en concreto.
    Otro día ya se hubiera ido a casa, pero la figura de aquella mujer, su aspecto noble y severo, el misterio que la envolvía, no le dejaban tranquilo. De repente el ruido de un coche le sobresaltó. Un jeep de la Guardia Civil se paró delante de la puerta de la estación.
  • ¿Está usted solo? – le dijo un sargento, bajando del vehículo.
  • Sí -repuso Pablo–, iba a cerrar.
  • Espere un poco, ahora volvemos.
    El vehículo tomó la única carretera que unía el pueblo con el
    convento y que precisamente arrancaba de la estación.
    Transcurrido un tiempo, volvió el jeep. Tres hombres con uniforme descendieron de él, mientras un cuarto, esposado, permaneció sentado en el interior del vehículo. No era demasiado joven.
    Su piel curtida, sus manos ajadas, una mirada profunda, conmocionaron a Pablo, que nunca había visto a un detenido. Su humilde porte era sereno y noble. Desconocía de dónde venía, porqué lo
    habían detenido, qué podrían tener contra él. Había permanecido varios días en el convento, donde parece que se había refugiado. De su manga derecha salía, cubriendo la muñeca, una venda,
    signo posiblemente de una herida.
  • Deme un paquete de cigarrillos – dijo el sargento, mientras los
    otros dos guardias conversaban en voz baja.
    Pagó el paquete a Pablo y acercándose a sus hombres les espetó:
  • ¡Suban ya! Hay que entregar al preso y yo tengo que cenar.
    Poco después, el coche había desaparecido llevándose a los
    cuatro hombres camino de la ciudad.
    Antes de que Pablo saliera de su estupor una voz surgió de
    entre las sombras.
  • ¿No ha visto usted lo limpio y bien afeitado que iba? Causará
    buena impresión al juez. Los padres lo han retenido hasta que llegó la
    Guardia Civil.
    A Pablo le vinieron a la memoria las historias de maquis, de las que tanto le habían hablado, pero poco sospechaba que llegaría a conocer a uno, ni menos aún a su abnegada madre, tan preocupada por el aspecto y la dignidad de su hijo. Aquella mujer envuelta en su manto desapareció en la oscuridad. Pablo siguió con su acostumbrada monotonía, cada día lo mismo. Pocos días después se sorprendió de ver al padre rector del convento que se paró delante de su tienda para recoger unos
    paquetes y comprar unas chucherías para tenerlas a disposición de familiares y hermanos venidos a ver a los residentes. Así se lo dijo a Pablo. Éste pensó más bien que a los religiosos también les gustan las golosinas.
  • ¡Ha sido impresionante!, ¿no?
  • ¿El qué? – repuso el monje un tanto extrañado.
  • Tener a un bandolero en el convento. Su madre estuvo largas horas
    esperando para verlo.
  • No era un bandolero, era un hombre herido que vino en busca de ayuda.
  • ¡Sí, ya!, un maqui de esos que corretean por la sierra y asaltan a
    las personas. Estaba herido, ¿verdad?
  • ¿Cómo lo sabes? Nadie ha dicho nada.
  • Vi su mano vendada cuando se lo llevaban los guardia civiles.
  • ¡Ya! – repuso el religioso un tanto molesto-. Y quieres saber
    qué pasó, ¿no?
  • No me dirá que cosas así suceden todos los días – le dijo Pablo con
    voz firme.
  • No, por supuesto, y gracias a Dios cada día quedan menos. Pero
    éste tenía no sé qué… – añadió, con la mirada un tanto perdida, como
    si buscara en su cabeza el término que matizara toda la personalidad del guerrillero.
  • Un aire de dignidad – repuso Pablo.
  • Sí, eso diría yo. Había una dulce severidad en su mirada y un gran
    cansancio en su cuerpo. Se comportó distante, pero educado y correcto
    todo el tiempo.
  • Su madre también mantuvo una actitud dulce y digna todo el
    tiempo.
    El religioso miró a Pablo y, viendo que se deshacía por saber por qué el guerrillero había ido a parar al convento, comenzó a contar con aire confidente y un algo misterioso. Pablo ni siquiera parpadeaba, sus ojos seguían atentamente todos los gestos de su interlocutor.
    Un día oímos, a media noche, unos ruidos que nos extrañaron mucho. El padre José se adelantó por el pasillo izquierdo del claustro y lo sorprendió en un rincón de la cocina. Intentaba comer algo. De su mano derecha caía un delgado hilo de sangre. Apenas podía mover el brazo. Pasado el primer susto se presentó y nos rogó que no nos asustásemos. Comió un poco y le curamos la herida, después se quedó profundamente dormido. Creo que llevaba varios días sin dormir ni descansar un minuto.
    Cuando se repuso hablamos durante horas. Todos mis temores y reticencias desaparecieron. ¡Es algo increíble!, he aprendido más con este hombre en estos pocos días que en todos mis años de seminario.
    Al punto el religioso se dio cuenta de que se había expresado demasiado abiertamente con un desconocido y tomando el aire de gravedad que como prior le correspondía, añadió con tono poco
    convincente:
    Está arrepentido. Negociamos y finalmente aceptó entregarse, pero tuvimos que llamar a su madre. Quería verse con ella antes de que viniera la guardia civil. Aceptamos y por eso la conoció usted antes de que se lo llevaran. No habló en absoluto de sus compañeros, ni siquiera sabía dónde habían quedado. Tuvo un encontronazo, cuando iba a recoger de un escondite comida depositada por alguien de su confianza, con un cazador o no sé quién que le disparó y le hirió en el antebrazo. El juez lo averiguará. ¡Huy, deme esos caramelos, se ha hecho muy tarde!
    El prior subió en su coche camino del convento. Las primeras gotas del otoño hacían su aparición.
    Pedro le narró toda la historia a Clara, su mujer.
  • Es una historia muy extraña, por estos lugares nunca hemos visto
    a un solo maqui. He oído a mi primo Juan que, por ahí, por Sierran Morena, rondaban numerosos bandoleros
  • Sí, pero date cuenta que nunca han asaltado a la gente del pueblo.
  • Bueno, como ha dicho el “padre”, el juez lo juzgará y verá si es culpable o no.
  • ¿Cómo que verá si es culpable? Lo fusilará y en paz – repuso Clara
    con voz firme-. Acuérdate del tío Pascual, que por dar comida a un hambriento, que resultó ser un “fugao”, lo fusilaron.
  • Bueno mujer, pero entonces hacía poco que la guerra había terminado.
    Clara marcó un gesto colérico y salió al balcón. Pedro quedó turbado. Las simplezas de sus argumentos no llegaban a calmar su conciencia. Por un momento vislumbró la tragedia de un hombre, visto fugazmente, que había optado por defender unos valores que la sociedad de aquellos momentos no alcanzaba ni remotamente a percibir.
    La resistencia urbana

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