Con o sin equitación


Andrés era un muchacho reservado y tristón. Cuando su padre se volvió a casar, unos años después de la muerte de su esposa, se sintió muy mal, aquella señora nunca podría sustituir a su madre, se decía a sí mismo, y empezó a detestarla manifestándole su antipatía con pequeños actos y sabotajes, como empujar la taza de café que ensuciaba el mantel, rompiendo un vaso por “descuido” que si el café está muy caliente y no hay forma de tomarlo y otras tantas necedades que su madrastra sufría estoicamente.

Una conversación con él fue imposible. Un casi “buenos días, buenas noches” y poco más. Ella cambió la habitación dormitorio de la pareja alejándola de la habitación del muchacho y cambió de estrategia, en vez de procurar un acercamiento, puso en marcha un distanciamiento. Un silencio prolongado, una brevedad en las comidas del día, etc. Un “te molesto lo mínimo posible”

El muchacho se alegró, ya no tenía que soportar un “¿te apetece un trozo de pastel’?

¿el café te gusta más calentito?” Todas estas atenciones cambiaron en Rosa,su comportamiento, ante la actitud de su hijastro, todo se volvió distante y silencioso.

Un día el muchacho acompañó a su padre en un ensayo de práctica de hípica y allí despertó en él un gran sentimiento de colaboración y de cariño al ver aquellos hermosos caballos y poder acariciarlos. “No te preocupes no te va a morder, frótale el hocico” le repuso un encargado. Sintió una gran emoción, al punto que cambió su comportamiento, estaba viendo las cosas de otro modo. Empezó a ir todas las semanas a practicar tanto como podía, incluso si su padre no podía ir, iba solo.

Pero un día, debido a su torpeza, o más bien a su poca práctica cayó del caballo y se lesionó. Lo llevaron de inmediato al hospital donde tuvieron que operarle un brazo y estar en la cama varios días y fue aquella “señora” que compartía “intimidades” con su padre quien le atendió, y paso varios días y noches, controlando las medicinas y la temperatura y observando las heridas que poco a poco iban curándose.

Entonces comprendió que sus obstinaciones y agravios solo eran meras tonterías sin importancia y que había que dejar la puerta abierta a otras muchas más posibilidades que la vida nos repara y que debemos estar atentos para que ninguna se nos escape.

.-Me alegro de que ya estés de vuelta. He trabajado mucho toda la semana, el sábado vamos a las prácticas. ¡Esta mujer!. Tienes una sorpresa, te ha comprado un caballo. Sí, no me mires así, lo irá pagando poco a poco, así que todas las semanas tienes que ir no solo a montar, sino, a cuidar a tu caballo.

Salomé Moltó

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