Los judios y la palabra 2


Frente a las poderosas presiones de cristianos y musulmanes, los judíos se vieron en la disyuntiva de elegir entre dos opciones, ambas malas. Por una parte, sucumbir ante las exigencias de olvidar sus tradiciones y costumbres milenarias, adoptando los dogmas extraños e incompatibles con la vida judía. Las perdidas y el oprobio que ello significaba, reducían el ser judío a algo inexistente o subterráneo, en el mejor de los casos, con los peligros de una existencia amorfa. Esto, además, de permanecer siempre bajo la lupa de la sospecha y la duda de ser realmente “un buen cristiano o un buen musulmán”. Esta fue la realidad de un vasto publico judío converso, obligado siempre a “demostrar su fidelidad, mas allá de toda duda”. Hubo también, quienes se tomaron su nuevo papel con tanta seriedad y extremismo, que, los empujo a convertirse en los peores enemigos de sus “antiguos hermanos”. Este es el caso de Tomás de Torquemada, el primer inquisidor general de Castilla y Aragón, quien inicio el mayor período de persecución de judeoconversos, entre 1480 a 1530. No hay duda alguna de la ascendencia judía de Torquemada.

Pero la alternativa al oprobio y a la reducción judía a lo subversivo, era la muerte. Y en efecto, muchos, quizás comunidades enteras de judíos, conducidos por sus lideres religiosos, prefirieron inmolarse antes que entregar sus almas al enemigo acérrimo. El caso más cruel y difundido, también entre los judíos, como ejemplo de sacrificio, pero a su vez como nuevo motivo, para algunos cristianos, de la “típica crueldad judía”, fue la de una mujer de nombre Miriam, que, encerrada entre las paredes de Jerusalén, junto a miles de sus conciudadanos, rodeados por las huestes romanas, prefirió dar muerte a sus 7 pequeños hijos, y finalmente arrojarse desde lo alto del muro, antes que caer a los pies de sus detractores.

En esa guerra tan cruenta que llevaban los judíos contra el poderoso ejercito romano, había agitadores radicales, que instaban a la población a “dar la vida” por la fe y el símbolo que representaba la ciudad sagrada, Jerusalén. Josef Ben Matitiahu, ataca a aquellos fanáticos que solo veían la gloria, pero al alto precio de la muerte.

Pero también, aunque con voces muy débiles, como la del mismo Matitiahu, llamaban a recordar que el mayor valor en el judaísmo es la vida misma. Siglos después, en la península Ibérica, frente a los asaltos cristianos y musulmanes, o en la Arabia de los judíos del Heidar, insistía el pensador Rabi Ben Maimon, Maimonides, en resguardar la vida por sobre todo. Nuevamente, lo que primaba aquí era el juicio del valor de la palabra, frente a cualquier otra cosa. Ni la posesión de la tierra, edificios, templos, banderas o cualquier símbolo de índole nacional, podrían competir jamás con el mérito del valor y el apego a la vida humana.

Es entonces cuando la palabra hace su aparición en el escenario de la fe y existencia judía. La palabra escrita en los rollos y pergaminos o, en tiempos más modernos, en los libros de las leyes de Moisés. Algunos, a fin de ocultar su verdadera fe, llegaron a reducir el tamaño, a pequeñísimos libros que se podían esconder fácilmente entre las ropas. Por otra parte, no sirvió demasiado a los detractores y enemigos, que obligasen a los judíos a portar estandartes identificatorios, como estrellas amarillas, o ridículos gorros puntiagudos y toda clase de vestimentas que revelaban al publico la identidad del individuo. En muchos casos los judíos supieron hacer buen uso de tales símbolos, justamente para demostrar abiertamente “quienes eran”.

Las prohibiciones impuestas a los judíos de practicar ciertas profesiones y, por el contrario, adoptar otras que eran menospreciadas por el enemigo, como la banca y los prestamos, fueron eficientemente utilizados por los judíos quienes prosperaron a nivel económico, lo cual les valió un lugar preponderante en las sociedades anfitrionas. ¡Que Rey, Príncipe o Noble, no necesitaba del dinero judío, para financiar sus guerras interminables!

En tanto los judíos cuidaban de las palabras de la ley, resguardándose en oscuros y subterráneos lugares. Celebraban sus festividades cantando las estrofas de las leyes en un susurro, cumpliendo así cuanto podían de las tradiciones ancestrales.

La esperanza estaba siempre presente, en que llegarán tiempos mejores. Y realmente en muchos momentos y tiempos históricos, les fue otorgado el beneficio de la libertad y hubo apertura hacia la creación judía, en especial en el campo literario, porque debemos saber con seguridad, que todos los escritos judíos, tienen bases literarias. Incluso la redacción de las leyes, está envuelta en palabras poéticas y narrativas. El Tanaj se puede leer de diversos modos, y satisface las necesidades y expectativas de todos. También de quien prefiere ponerles notas musicales y entonar sus palabras a modo de canciones para coro y Jazan cantor. Muchas de estas prácticas provienen de tiempos inmemoriales, cuando las comunidades judías en Jerusalén se reunían semanalmente para leer, hombres y mujeres juntos, los párrafos de la ley. Pero como era un publico numeroso, había los “cantantes”, que repetían la lectura del sacerdote, y así podían llegar a todos. Cuando se reconstruyó el segundo Templo por Nehemías con los obreros judíos regresados del exilio Babilonio, había quienes los acompañaba con sus canticos.

Otras costumbres, como la del Jazan, fueron adquiridas por los judíos durante la edad media, a semejanza de las Iglesias y Catedrales cristianas. Fue entonces, cuando sin precedente en las costumbres ancestrales, surgieron las Sinagogas, algunas de ellas verdaderas obras de Arquitectura. Pero, como siempre tuvieron claro los judíos, todas esas expresiones exteriores, no pertenecían en realidad a la cultura judía. Lo único que seguía valiendo, es la palabra.

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