Cuando vuelva a sonreir


Floreal Rodríguez de la Paz

Conocí la oscuridad absoluta. Pasé por los silencios más ocultos. Me acompañaron los vientos aterciopelados de las hermosas brisas nocturnas del mediterráneo. Allí conocí la belleza de los amores sublimes, nunca abandonados. Fui acariciado por unos besos almibarados, como de alimento abolengo, sembrados en la generación de los amores, con nietos distantes, que nunca pude disfrutar o perfilar desde la imagen de rostros queridos y soñados. No pude transmitir a Nietos la mejor filosofía, propia de abolengos estilos, quedando petrificada la Idea de la comunicación, esa cosa que gusta disfrutar entre seres amados y seres distantes, pero siempre admirables.

Vendrá un día en que los desiertos florezcan y el horizonte recobre su esplendor de colores y gustos, porque el parentesco de los seres humanos germine desde lo más entrañable. Hay que subir los precios que valoran las ideas de la mente, porque de ella puede pasear por todas las pasarelas de la imaginación, la brisa que embellezca las fuertes sensaciones del corazón, siendo felices desde el primer instante. La felicidad mezcla las emociones, las enriquece, les da otros muchos valores gratificantes. ¡Cómo es ser feliz! Una vez que se conoce y se sabe lo que enriquece la felicidad; vaya, se puede valorar la fortaleza sensible, que permite vivir alejados del sufrimiento. Somos muy frágiles los seres humanos, tanto que, todos los conflictos y guerras, vienen acompañados de heridas innecesarias, profundas, como cuando se pierde a un ser querido. Hay sonrisas que agitan siempre la bandera blanca de la inocencia que perdona. Pero nada sencillo pensar que la sonrisa, sea o pueda ofrecer a quienes no saben lo profundo de la tristeza personal, en su mayor intento de salir de la abnegación rutinaria acostumbrada; o faltas en la reflexión comprometida con la dignidad.

* Tengo necesidad de poner alas a las emociones, porque deben ondear todos los horizontes, esos espejismos que cambian con la edad y el ánimo. Se verá justificado el firme propósito de abrir el telón, desde donde aparece un escenario tétrico, sombrío, melancólico, fúnebre. ¡Explico! Soy padre. Feliz humano que hizo del Amor todo un virtuoso mundo, repleto de versos y poemas, porque nace desde dentro de mi, todo lo que hace posible la Felicidad. Pero en ese escenario hay Lucha y Amor; con fuertes emociones que se frustran para siempre. Fui padre unas pocas horas, nada más. La enorme ilusión fijó para la eternidad, que yo pudiese transmitir a mi hija, experiencias paternales; convencido de que era mi deber. Pero a los 20 días de haber nacido, lo que ya quedó certificado, quitaron de mis brazos a mi pequeña Acracia. Era 31 de Agosto de 1968 -solo tenía 20 días, mediodía. Preciosa, maravillosa, sana, de tres kilos cuatrocientos; imagen que guardo y defiendo, porque en los brazos de su madre, Acracia miraba a su padre, con mirada poética en las miradas. No pudimos comunicarnos de otra manera. ¡Nunca más la volví a ver en mis brazos: me la quitaron! Un servicio de la policía -‘los sociales de aquellos tiempos 1968’-, vinieron a detenerme a casa y se fijó en la retina, las escenas más combustibles de la Naturaleza. La policía, esos señores armados, lograron insensibilizar, ante los hechos de la detención, que el padre de Acracia, perdonase nunca, a la justicia franquista, que fuera desde entonces, el justificante de los crímenes de Estado: pues hasta diciembre de 2020 no fue posible recuperar, el encanto perdido, ahora ya, después de los 52 años de Acracia, mi hija (NOTA: su madre falleció el 1 de febrero de 2020, cuando había cumplido los 77 años). Acracia tiene dos hijos, Jordi ‘1984’+ Nuria 1999, (con 26 y 21 años, Nietos que no pude disfrutar nunca, hasta finales de 2020). (Y yo, cumplidos los 82 años).

* En el escenario virtual que doy a lo sucedido en 1968, cuando nació Acracia, conservo mucho escrito sobre ello; siempre estará el recuerdo que me acompaña, porque al frustrarse, por lo comentado de aquél momento, no me separo nunca de la completa felicidad que pude disfrutar, aunque no sea verdad. No obstante, mis formas de pensar siguen fortalecidas, más sabiendo que “son mis Nietos”, y mi hija Acracia, quienes satisfacen mi realidad de ahora mismo en 2020, aunque distanciados: ¡Que nunca será porque participe algún interés en semejante lejanos pensamientos! Cabe señalar, por si alguna vez mis Nietos tienen la oportunidad de leer lo que escribo, que los ideales que alimentaron mis rebeldías, fueron y siguen siendo libertarios, por mucho fascismo que hubo al detenerme el 31 de agosto de 1968. La fuerza de una justicia, que solo la Sociedad en Acracia inspira y mantiene vivo el interés por las libertades ausentes. Lo pienso así, lo deseo tal cual lo escribo. Igualmente valoro la felicidad que me produce saber, que Hija y Nietos, disfrutan de sana vida: Sin que tenga nada que ver lo que cada cual piensa, cada cual entienda y cada cual disfruta. Se ve que no pudo ser de otra forma; algo así se repite en esta sociedad, manipulada por, todavía, con el recuerdo de ‘los sociales, policía al servicio de aquél dictador.

¿Volveré a sonreír? ¿Los Nietos sentirán algo por mis alaridos obligados? ¿Se podrá sentir alguna vez, lo pienso con esta misma firmeza, que el deber paternal, disfrute el reconocimiento a los valores más soberanos de la Familia? Sería valorado como un gran gesto civilizado, tan necesario como alimentarnos cada día. Seguro que la necesidad de sonreír, sería posible. Los Nietos tienen en su memoria, comprender que es posible sonreír siempre, en todas las edades.

Diciembre *******2020

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