Con moraduras en el alma


Elisa subió la escalera y se sentó en la terraza, en el borde donde empezaban las tejas de la cubierta de la casa; un ligero aire la acariciaba, pensaba que en todo el día, mejor dicho, desde hacía tiempo, no sentía que caricia alguna, se le diera. Se sentía mal desde hacía tanto tiempo que un sopor la invadía totalmente, hasta el punto que los pequeños granos de hielo que aplicaba al ojo morado apenas la calmaban. Y fue el momento en que todo su pasado surgió imperioso y una a una todas aquellas situaciones, los insultos, menos precios y golpes se hacían sentir con toda fuerza.

Pensaba que más fuertes eran las moraduras morales que la física del ojo que su marido le acababa de propinar.

¿Dónde quedaban aquellos hermosos días cuando él subía la cuesta para poder reunirse con ella? ¿Dónde quedaron las ilusiones y proyectos de la juventud?.

Nunca se sintió más importante que los demás a pesar de tener un temperamento firme y serio, curtido en los fogones de aquel restaurante donde ejerció como jefa de cocina durante casi veinte años.

Pero un día se jubiló y el descanso merecido con el que soñaba, no apareció, si los violentos encuentros con su marido que en los últimos tiempos su alcoholismo había tomado niveles alarmantes.

Si las obligaciones del trabajo habían reducido a su marido el consumo de alcohol, con la jubilación tenía la impresión que se habían abierto todas las puertas al consumismo exacerbado. Respiró cansada, aturdida, confusa, mientras aplicaba los trozos de hielo a su ojo hinchado y morado. ¡Casi me lo revienta!

Casi sin poder tenerse en pie subió el marido a la terraza, lleno de amenazas, lanzando al viento proyectos absurdos, cruzo la terraza y empezó a bajar por la otra escalera al otro lado de la terraza que pertenecía a los vecinos del bloque de enfrente a sus viviendas. Un estrepitoso ruido incomprensible le llegó y ya no lo vio, siguió aplicando el hielo a su ojo, e intentó con la otra mano encender un cigarrillo.

Horas después, ya en casa y haciendo la maleta para irse, se enteró de que su marido había tenido un accidente y estaba grave en el hospital, entonces se dio cuenta de que no había reaccionado cuando lo oyó caer, ¿por qué? ¿qué estado anímico la dominaba, qué hastío de vida le había impedido reaccionar? no encontraba respuesta.

Salomé Moltó

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