Subir y bajar


Mi querida Paula, acabo de llegar a casa de mi madre. No te asustes, he

dejado la playa. Bueno he dejado la casa, he dejado a Pablo.

No debería extrañarme de verme aquí, pues recuerdo todo lo que

hablamos. No quise creerte, nunca pensé que mi marido me sería infiel.

De la forma que lo ha hecho resulta mucho más patético. Me pregunto

qué ha podido pasar para que me haya decidido a dejarlo, ¿su

infidelidad? ¡Claro!, hasta que me he hartado. Me he sentido tan mal, no

he discutido, no he podido y así de repente he subido al coche y he

emprendido la vuelta, hasta que he llegado aquí.

Recuerdo cuando le conocí, era un muchacho alegre, fuerte, lleno de

entusiasmo, quería acabar la carrera en un par de años, no pudo, su padre

murió y tuvo que ocuparse de la casa, de su madre y hermano. Se puso a

trabajar de mecánico. ¡Qué años más duros!, pero yo siempre tuve fe en

él, y aunque nos casamos sin nada, ya ves, luchamos mucho, hasta que

conseguimos fortalecer nuestra economía. Alquilamos el local, luego lo

compramos, pagamos el piso, en fin no quiero aburrirte, todo eso lo sabes

tú tanto como yo. En aquellos años me sentí un poco abandonada, quizás

la rutina, la dedicación a lo económico que nos absorbía tanto, no sé, por

suerte pasó. Siempre me he preguntado porque lo años tienen que acabar

con el amor de una pareja. A veces hacemos comparaciones, por ejemplo

el amor de Romeo y Julieta, ¡cómo se amaron!, hasta morir el uno por él

otro, ¡qué arrebato! ¡Qué sublime! A lo que contestó el ecléctico, “Si

hubieran vivido una temporada larga juntos, hubieran acabado en

divorcio”, ¡Oh qué ironía! ¿Es así como tiene que acabar toda relación

amorosa? Me niego a admitirlo, a pesar del difícil momento que estoy pasando.

Lo que más recuerdo fue cuando tuve el accidente; me caí por el terraplén

de donde me sacaron los bomberos, se pensó que me había matado, pero

estaba viva y estuve consciente todo el tiempo, pero lo que más recuerdo

fue su cara de espanto y desesperación cuando se acercaba a la camilla

con la que me sacaban de entre el amasijo de hierros retorcidos. “¿Cómo

está mi mujer? ¿Qué ha pasado?” No se tranquilizó hasta que, en el

hospital el médico que dijo que estaba llena de contusiones pero que

ninguna herida de importancia. Por la noche me cogía la mano y me la besaba.

¡Qué locura!, me hubiera gustado accidentarme todos los meses. Desde

entonces me hice el propósito de cuidar más mi matrimonio y por un

tiempo fui feliz. Pero no basta con que sea uno el que lo ponga todo, él

que lo cuide todo, el amor es cosa de dos.

Con su nuevo trabajo nos mudamos a la casita de la playa, ya sabes, son

tres pisos, nosotros vivimos en la planta baja y los otros dos de encima

los tenemos alquilados.

Y así fue que mi marido tomó una inusitada costumbre de subir y bajar,

de bajar y subir, pues estaba más tiempo arriba que abajo, para visitar al

vecindario. ¡No, no estoy de guasa! ¡Cuánto disimulo, de mi parte y de

la suya! ¡Cuánta cobardía!, también de su parte y de la mía.

Ahora me doy cuenta que un problema cuando no se ataja en el momento

justo, acaba enquistándose. No quería creerlo, subía para ayudar a la

vecina, para arreglarle el grifo, ayudar a su hija en los deberes, a

cualquier tontería. Ya no quedaban grifos que arreglar pero seguía

subiendo. Los enfados y discusiones no nos servían de nada, siempre

había un pretexto, para subir y poco aliciente para bajar. Y de repente me

vi sola, un vacío me invadía, no sentía, por decirlo así, ni celos, nada, un

enorme vacío.

Y así, se me terminaron las preguntas, se le acabaron las respuestas, pero

continuaron las escusas y este infernal subir y bajar se fue imponiendo,

expandiéndose, invadiendo mi vida y mi realidad y anoche cogí mis

cosas, lentamente, mirando cada rincón de la casa, observando el ir y

venir de las olas a través del ventanal, recordando, cuando al principio

de instalarnos cuando tan feliz pensaba que sería. Salí de la casa, sin mirar atrás.

Salomé Moltó

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