El fin de los discursos


Ninguna novedad resulta de enfatizar el agónico final de los grandes relatos. Ya lo denunciaba Lyotard hace décadas. Pero acontece que la anomia discursiva y la mala praxis de los sistemas que parecían dar solución a los temas más relevantes de la humanidad globalizada alcanzan su cúspide en tiempos graves de supervivencia. Las razones que Kenneth Galbraith expresaba con fuerza se filtran en el mundo actual opaco de ideas. La sociedad opulenta está en crisis.

El neo liberalismo muestra lo peor de sí, tal como lo mostraron los sistemas totalitarios, la entropía social es demasiado palpable en un momento tan álgido como el que vivimos.

Esta aldea globalizada llamada planeta tierra enfrenta varios desafíos sin buenos resultados. Y, ante la ausencia de resultados, aparecen las miserias. Negocios millonarios mezclados con necesidades primarias en medio de una civilización que cruje. Algún día, esta pandemia que vivimos será un desagradable recuerdo que llenara la imaginación de los mejores cineastas, pero la vida continuara y no sabemos a ciencia cierta en que condiciones.

Evidentemente «la pandemia» es la punta del témpano, pero los problemas de la humanidad son otros. Sabemos muy bien donde están, pero no sabemos muy bien si han de resolverse o, si hay intención de resolverlos. La naturaleza del hombre conspira desde las entrañas de su mente.

Infinita desigualdad social, graves problemas ecológicos, recursos no renovables agotados, psicosis colectiva de poder, crisis de valores, riqueza concentrada en manos de pocos.

Escasez de alimentos, superpoblación. Daños irreparables al planeta como consecuencia del maltrato que los humanos damos al mismo. Proliferación nuclear, dislates políticos.

Como se puede apreciar el problema es el hombre y, si se quiere, el lobo que se halla dentro del mismo (inevitable remisión a Hobbes y su Leviatán.)

Entonces habrá que modificar los paradigmas de pensamiento y de conducta de las futuras generaciones de humanos para que las patologías que causan semejante estrago puedan morigerarse. La tarea de «repensar» una humanidad diferente es la inmediata y necesaria funcionalidad pedagógica. Por supuesto sin caer en el nihilismo de la perfección utópica.

Puede advertirse que desde la «revolución» industrial», el proceso de descomposición se acelera, sin perjuicio de los avances que acarrea.

La industrialización de la guerra fue el efecto más pernicioso, y la ambición de los imperios por acumular riquezas se disparó con virulencia inusitada. La utilización de las nuevas tecnologías al servicio de las armas resultó inevitable. Demasiado evidente son los últimos doscientos años donde coexisten guerras, hambrunas, avances tecnológicos, científicos y una desquiciada carrera por aumentar el poder económico y político.

La riqueza, que debe ser un medio para alcanzar el bienestar común se transformó definitivamente en un fin. Egoísta, mezquino y para pocos.

El capitalismo salvaje no está interesado en resolver los problemas de la población, ni generar bienestar, y los sistemas alternativos que la historia exhibe no parecen tampoco generar satisfacción. Salir de este dilema de explotación bien por el capitalismo, bien por el Estado parece no tener escape.

Crear condiciones de posibilidad, señalaba Kant con cierto grado de candor. Ocurre que si los cambios culturales y de conciencia no se producen a tiempo, la realidad nos va a atropellar con más dureza que la observada. Hemos generado un mundo en el cual será muy difícil vivir. La pestilencia que se percibe en él afuera, es un reflejo de la corrupción mental del adentro.

Cuando aquellos que detentan el poder tomen razón, que ese poder deviene estéril al no haber de quién, ni de que apoderarse, habrá empezado el cambio que urge.

Colaboracion de

Hugo Andrés De Simone.

Un comentario sobre “El fin de los discursos

  1. Muy bueno, como todos los que escribes. Gracias

    El 1/2/21 a las 16:36, Kosas y algo mas escribió: > WordPress.com > kosasparadecir posted: » Ninguna novedad resulta de enfatizar el > agónico final de los grandes relatos. Ya lo denunciaba Lyotard hace > décadas. Pero acontece que la anomia discursiva y la mala praxis de > los sistemas que parecían dar solución a los temas más relevantes de > la humani» >

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